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Lucas Páez: “Hay bailarines de escenario que no tienen contacto con el tango social y eso me parece pésimo”

Con más de dos décadas de trayectoria, experiencia internacional, participación como jurado del Mundial de Tango BA y una marcada vocación docente, Lucas Páez reflexiona sobre la evolución de la danza, la importancia de la milonga como núcleo del género y los desafíos de transmitir el tango a las nuevas generaciones.

Lucas Páez

Para Lucas Páez, el tango no comenzó en una academia ni sobre un escenario. Empezó en su casa. Entre discos y radios encendidas, el género se convirtió en parte natural de su vida desde la infancia. «Tenía 3 o 4 años y escuchaba tango en la radio con mi familia», recuerda. Su padre y sus tíos lo escuchaban, sus abuelos lo bailaban; casi todos estaban atravesados por el tango. Aquellos primeros años también estuvieron marcados por programas emblemáticos como «Grandes Valores del Tango» y por las visitas de su padre a una milonga muy conocida que se llamaba “El Club Almagro” en la década del 90, experiencias que terminaron de despertar una pasión que continúa vigente hasta hoy.

A lo largo de su carrera encontró inspiración en algunos de los nombres más importantes de la danza tanguera. Juan Carlos Copes, Miguel Ángel Zotto, Osvaldo Zotto, Mingo Pugliese, Antonio Todaro, Gabriel Angió y Roberto Herrera integran la lista de referentes que marcaron su formación. Con varios de ellos, incluso, tuvo la posibilidad de estudiar personalmente, algo que Lucas describe como una suerte.

Sin embargo, cuando analiza el presente de la actividad, Páez observa transformaciones que le generan preocupación. Según explica, años atrás el tango de pista constituía el punto de partida natural para quienes aspiraban a desarrollar una carrera escénica. Hoy, en cambio, percibe que muchos bailarines comienzan directamente por el tango escenario sin atravesar la experiencia del tango social. Y ante este panorama, Lucas es muy contundente: “Hay bailarines de escenario que no tienen contacto con el tango social y eso me parece pésimo”. Para él, esa situación desvirtúa la esencia del género porque lo aleja del abrazo, la marca, la caminata y la conexión humana que históricamente definieron a la danza. “El abrazo es muy simbólico”, sostiene, y advierte que convertir el tango únicamente en una mecánica de movimientos implica perder buena parte de su contenido emocional y cultural.

La docencia ocupa un lugar igualmente central en su recorrido. Lejos de verla como una actividad secundaria respecto al baile, considera que exige capacidades completamente diferentes. Cuenta que desde muy joven compañeros y bailarines con más experiencia le consultaban cuestiones técnicas y pedagógicas, algo que terminó orientándolo naturalmente hacia la enseñanza. “A mí enseñar me parece una actividad muy integradora, agradable y muy digna”, afirma. Para Páez, bailar bien y enseñar bien no son necesariamente la misma cosa. “Hay personas que bailan muy bien y no saben enseñar”, explica, al tiempo que destaca que el mejor docente es aquel capaz de ponerse en el lugar del alumno y adaptar el aprendizaje a sus necesidades. «Si vos crees que porque alguien es muy buen bailarín va a ser un buen docente, es un error ya que no necesariamente eso lo hará un buen profesor», cierra.

Esa mirada también se nutrió de una extensa experiencia internacional. Brasil ocupa un lugar especial en su historia personal y profesional. Allí vivió durante tres años y es donde nació su hija después de una gira realizada durante la crisis argentina de 2001. También menciona a Italia y España como países donde se siente especialmente cómodo por sus raíces familiares y culturales: «estoy como en casa porque, además de tener la ciudadanía italiana, mis raíces son mitad de Italia y mitad de España». Aunque reconoce el gran aprecio que existe por el tango en lugares como Francia, Rusia, Alemania, Austria, Suiza o Bélgica, asegura que la conexión emocional que encuentra en Brasil, Italia, España y Uruguay es difícil de igualar.

Otro de los roles que ha desarrollado es el de jurado del Mundial de Tango BA, una responsabilidad que describe como uno de los mayores reconocimientos a su trayectoria. “La experiencia de ser jurado es una gran responsabilidad y un premio por los años dedicados y la seriedad con la que uno hace todo”, señala. Según explica, evaluar parejas en instancias avanzadas requiere un nivel de observación extremadamente detallado, ya que las diferencias suelen encontrarse en aspectos mínimos que sólo pueden detectarse con experiencia y criterio.

Cuando se le pide definirse, sorprende con una respuesta que sintetiza buena parte de su filosofía. Aunque ha desarrollado facetas como bailarín, profesor, coreógrafo, comunicador y jurado, asegura que ninguna de ellas lo representa completamente. “Diría que me siento más milonguero que todo”, afirma. Para Páez, el espíritu del tango sigue estando en el encuentro social y en la posibilidad de relacionarse con otros a través del abrazo. Por eso considera que sus distintas actividades nacen de una identidad previa: la del milonguero que disfruta bailar por placer, compartir experiencias y construir comunidad alrededor de la danza. «Si uno lo ve desde una perspectiva profesional para ganar dinero considero que se aparta de lo esencial, entonces soy un milonguero que puede oficiar de cualquiera de los roles en los que me desenvuelvo», sintetiza.

Esa necesidad de comunicación también dio origen a «El Tango Hoy», el ciclo de entrevistas que impulsó durante la pandemia. Imposibilitado de juntarse con la gente en las pistas de baile, Lucas encontró en el diálogo con artistas una nueva forma de sostener el vínculo con la comunidad tanguera. No se trata de una casualidad: además de bailarín, es abogado y comunicador social. “La comunicación social para mí es una de las patas fundamentales del tango”, sostiene.

Mirando hacia adelante, Páez continúa enfocado en el desarrollo de un método de enseñanza propio basado en tres pilares técnicos: movimiento, ritmo y coordinación. También planea seguir viajando, difundiendo contenidos a través de redes sociales y generando espacios de aprendizaje para nuevos bailarines. Pero, más allá de proyectos específicos, su objetivo parece mantenerse inalterable: contribuir a que el tango siga siendo un lugar de encuentro. Un espacio donde la técnica tenga importancia, pero donde el abrazo, la comunicación y la dimensión social del género continúen ocupando el centro de la escena. Su cierre de entrevista resume todo a la perfección: “Mi objetivo es seguir ayudando a la gente que quiera aprender a bailar tango y colaborar para que el espacio de tango sea uno de encuentro donde la gente pueda disfrutar y conocer personas sin importar qué tan bien bailen”.

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