A casi tres décadas de sus primeros pasos en el tango, el bailarín cordobés repasa su recorrido artístico, la conquista del Mundial de Tango, su historia junto a Carla Mazzolini, las giras por Japón, el proyecto social que impulsa en Uruguay y el desafío de asumir la dirección artística del histórico espacio Chanta Cuatro.

Hay trayectorias que parecen atravesadas por la casualidad, aunque detrás de ellas existan años de trabajo, formación y perseverancia. La de Gaspar Godoy es una de esas historias. Referente de una generación de bailarines que creció junto a la expansión internacional del tango, el cordobés construyó una carrera que lo llevó desde sus primeras clases siendo adolescente hasta los escenarios más importantes del mundo. Hoy, mientras se prepara para asumir junto a Carla Mazzolini la dirección artística del espectáculo de Carlos Gardel en Chanta Cuatro, mira hacia atrás y encuentra un recorrido marcado por desafíos, viajes, reinvenciones y una pasión que nació casi por sorpresa.
Su primer contacto con el tango ocurrió en 1998, cuando tenía apenas 13 años. Durante un espectáculo de despedida organizado para su hermano mayor antes de emigrar a España, observó desde la platea a una pareja de niños bailando tango. Aquella imagen fue suficiente para despertar su curiosidad. “Recuerdo que miré a mi madre y le dije: ‘si ellos pueden hacer eso y compartir tiempo con mi hermano, yo también lo puedo hacer’”, cuenta. Pocos días después tomó su primera clase y nunca más se alejó del género. “Podemos decir que empecé por envidia”, bromea.
Desde entonces fue testigo privilegiado de la transformación de la escena tanguera. Para Godoy, uno de los puntos de inflexión más importantes fue la creación del Campeonato Mundial de Tango en 2003. “Hubo un quiebre en la historia del tango cuando nació el Mundial. Cambió muchísimo todo y lo sigue haciendo. Creo que la organización del evento no tenía idea que iba a generar tantos cambios dentro de la escena”, asegura. Según explica, la aparición de las categorías Tango de Pista y Tango Escenario modificó profundamente la manera de entender y desarrollar la danza. “Antes de eso, el tango era uno solo”, resume.
Ese mismo año llegó uno de los momentos decisivos de su carrera: la consagración en el campeonato junto a su entonces compañera de baile. Lejos de considerar aquel logro como una meta cumplida, lo recuerda como el verdadero comienzo de su formación artística. “Muchas personas piensan que ganar un Mundial es llegar a todo. Para mí fue un trampolín para darme cuenta de que recién ahí podía empezar a construir mi carrera como artista”, afirma. Al venir de Córdoba, Gaspar no tenía las herramientas para poder desarrollarse bien, y es por eso que aprovechó el impulso para poder empezar a estudiar de manera más profesional lo que quería hacer. El reconocimiento le abrió puertas, le permitió viajar por el mundo y compartir experiencias con figuras que hasta entonces admiraba desde lejos. “Me cambió la vida”.
También gracias a aquella conquista comenzó una relación profesional que se mantiene hasta hoy con Japón. Lo que inicialmente iba a ser una breve experiencia de 15 días, terminó convirtiéndose en un vínculo de más de dos décadas. Godoy recuerda que el primer viaje surgió a través de un productor japonés que conoció a los campeones mundiales y decidió invitarlos a trabajar. Al haber ganado el Mundial, tuvieron un contrato de trabajo durante un año con el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. «No cobramos un peso extra ya que el salario venía por parte del contrato del Estado, por lo que no tuvimos remuneración alguna por el viaje», recuerda. Sin embargo, al enterarse de esto, el productor les ofreció que si ellos trabajaban bien iban a laborar juntos durante mucho tiempo. “Es al día de hoy que llevo 24 años trabajando con él, sin haber firmado nunca nada. Siempre con respeto, honor y la palabra como es tradición en su cultura”, destaca.
En paralelo, la vida personal también fue encontrando su lugar dentro del tango. Su historia con Carla Mazzolini comenzó mucho antes de convertirse en una de las parejas artísticas más reconocidas del circuito. “Primero fue compañera de vida y luego de baile”, cuenta. Se conocieron trabajando en una misma compañía y durante casi dos años, él insistió con invitaciones que siempre recibían la misma respuesta: «Era todos los días tratar de invitarla a una cena, un café o lo que sea, remando y mandándole mensajes para constantemente recibir un ‘no, gracias’ de ella». Hasta que un día ella le aceptó una salida al cine, y desde ese momento sus vidas cambiaron para siempre. Al poco tiempo comenzaron su relación y, hacia 2010, decidieron emprender juntos a la par el camino profesional sobre los escenarios para terminar siendo un dúo que toda persona de la escena conoce y admira.
La pandemia también marcó un antes y un después en sus vidas. En 2020, quedaron varados en Japón junto a su hijo cuando comenzaron a cerrarse las fronteras. Durante aquellos meses inciertos, Godoy se contagió de COVID-19 y permaneció internado durante veinte días: «El tema fue que, al ser la primera oleada en el mundo, los médicos no sabían bien qué darme o cómo tratar el virus, por lo que simplemente me daban un calmante para el dolor y poco más». Tras recuperarse, la familia logró regresar gracias a la intervención de la embajada uruguaya, ya que la argentina en ese momento no tenía vuelos de repatriación, y se instaló en Paysandú. “Se puede decir que gracias al virus arrancamos una nueva vida en otro país”, reflexiona. El cambio fue muy grande en cuanto a la seguridad porque en Buenos Aires vivían en pleno centro y en donde ahora se encuentran es más tranquilo.
Fue precisamente allí donde nació uno de los proyectos que más orgullo le generan: “Paysandú es Tango”. Lo que comenzó como un simple ciclo de clases terminó convirtiéndose en una plataforma de formación artística para jóvenes bailarines. El proyecto creó un elenco estable, impulsó una orquesta de tango, promovió la capacitación de nuevas generaciones e incluso alcanzó notoriedad televisiva al llegar a la final de Got Talent. “La culminación llegó cuando logramos que seis integrantes hoy puedan vivir del tango gracias al proyecto, dos de ellos están en Buenos Aires y los otros cuatro están en Lituania”, confiesa. Para Godoy, el mayor logro fue demostrar que el tango también puede ser una herramienta de desarrollo para los más jóvenes y poder lograr que el género llegue a las escuelas de Paysandú para que los niños tengan la posibilidad de conocerlo desde otra perspectiva.
A lo largo de estos años, también tuvo la posibilidad de convertirse en jurado del Mundial de Tango, una experiencia que describe como un privilegio. “Es estar buscando a los mejores del mundo en el género tanguero y no es poca cosa”, sostiene. Ahora que está como organizador de preliminares, no tiene la autorización para ser juez. Sin embargo, al nacer en los Mundiales, para Gaspar pasar con el tiempo a ser jurado es una satisfacción y una responsabilidad muy grande.
Ahora, sin embargo, el desafío es diferente. La reapertura de Chanta Cuatro lo encuentra dando un paso nuevo en su carrera: asumir la dirección artística de un espectáculo dedicado a Carlos Gardel. Y aunque está acostumbrado a los escenarios, reconoce que esta responsabilidad tiene un peso especial. “Todo tanguero ha querido estar en ese emblemático lugar. Saber que reabre sus puertas y que tenemos la posibilidad con Carla de dirigir el espectáculo es una inmensa alegría y una responsabilidad gigante”, afirma. Para Godoy, el reto implica salir de la comodidad del baile para asumir una mirada integral sobre el espectáculo. “Es salir de la zona de confort del bailarín escénico y ponerse en el papel de director”, concluye.
Si algo demuestra la historia de Gaspar Godoy es que el tango sigue siendo un territorio de transformación permanente. Desde aquel adolescente cordobés que descubrió el género observando a dos niños bailar hasta el director artístico que se prepara para encabezar una nueva etapa en Chanta Cuatro, su recorrido refleja cómo la pasión, la resiliencia y la capacidad de reinventarse pueden convertir una vocación temprana en una vida entera dedicada al arte junto a quienes más amás.



