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Roberto Fugazot: 55 años sin el actor que llevó el tango más allá de sus fronteras

Este 8 de agosto se cumplen 55 años del fallecimiento de Roberto Fugazot, cantor, actor y compositor nacido en Montevideo que construyó una trayectoria fundamental para el tango rioplatense. Su sociedad artística con Agustín Irusta y Lucio Demare, sus giras internacionales, su paso por el cine y obras como “Barrio reo” y “Dandy” forman parte de un legado que trascendió generaciones.

Roberto Fugazot

Hay nombres que aparecen inevitablemente cuando se repasa la expansión del tango durante las primeras décadas del siglo XX. Roberto Fugazot es uno de ellos. Nacido como Santiago Roberto Fugazot en Montevideo el 20 de junio de 1902, comenzó desde la adolescencia a combinar el canto con la actuación y la guitarra. Sus primeros pasos estuvieron vinculados al ambiente artístico uruguayo y a figuras como el payador Juan Pedro López, de quien recibió consejos sobre canto y con quien realizó presentaciones por distintos puntos del país.

En 1924 llegó a Buenos Aires y se radicó en la ciudad después de debutar en el Teatro Nacional junto a Ítalo Goyeche. Su dominio de la guitarra, su oído y su afinación hicieron que fuera requerido para formar dúos vocales. Poco después conoció a Agustín Irusta y, en 1926, ambos consolidaron una sociedad artística que se convertiría en uno de los capítulos más recordados de sus respectivas carreras. Junto con Alfredo Gobbi llegaron incluso a presentarse como “Los tres gauchos” en el Teatro Hipodrome, donde compartieron cartel con Ada Falcón.

El salto internacional llegó poco después. Francisco Canaro llevó a Irusta y Fugazot a Europa, donde en París conocieron al pianista y compositor Lucio Demare. De ese encuentro nació el célebre trío Irusta-Fugazot-Demare, una formación que combinó voces y piano y que alcanzó una notable repercusión. Tras sus actuaciones iniciales en París, el conjunto llegó a Madrid y extendió una presentación prevista para apenas quince días hasta tres meses debido a la respuesta del público. Desde España emprendieron posteriormente distintas giras por países de América, consolidando la presencia del tango argentino y rioplatense fuera de la región.

La etapa europea también quedó registrada en el cine. Irusta, Fugazot y Demare participaron en las películas españolas Boliche, estrenada en 1933, y Aves sin rumbo, de 1934. Fugazot no se limitó al canto: su faceta actoral terminaría ocupando un lugar cada vez más importante en su carrera.

Como compositor y letrista, su nombre quedó asociado a varias obras del repertorio tanguero. «Barrio reo», con letra de Alfredo Navarrine, figura entre sus creaciones más reconocidas y fue registrada por grandes intérpretes. También participó en la creación de «Dandy», «Mañanitas de Montmartre», «Reproche», «Pa’ mí es igual», «Sorbos amargos», «Milonga en rojo» y otras piezas en colaboración con músicos y poetas como Irusta y Demare. El Centro de Fotografía de Montevideo destaca particularmente su papel como creador de la música de «Barrio reo» y de las letras de «Mañanitas de Montmartre» y «Dandy».

Su vínculo con el cine argentino se profundizó a partir de la década de 1930. Después de la experiencia europea, Fugazot desarrolló una extensa carrera como actor característico y participó en películas como Nace un amor, Prisioneros de la tierra, El hijo del barrio, La carga de los valientes, Pampa bárbara, Los isleros y Caballito criollo, entre otras. También tuvo una presencia sostenida en la radio, donde uno de sus trabajos recordados fue Gran pensión El Campeonato, emitido por Radio Belgrano.

Pero el tango volvió a reunirlo con sus antiguos compañeros. A fines de 1948, Irusta, Fugazot y Demare viajaron a La Habana para realizar presentaciones radiales y grabaciones. Años después, en 1959, Fugazot volvió a encontrarse artísticamente con Irusta en España y Venezuela. Sus últimas actuaciones como cantor se produjeron en ese período, antes de regresar a Buenos Aires.

Fugazot murió en Buenos Aires el 8 de agosto de 1971, a los 69 años. Su recorrido había atravesado escenarios, discos, giras internacionales, radio, cine y composición, pero su huella más perdurable quedó ligada a aquella sociedad artística que ayudó a llevar el tango hacia nuevos públicos. A 55 años de su muerte, recordar a Roberto Fugazot es volver sobre una época en la que el tango comenzaba a transformarse en un lenguaje capaz de viajar por el mundo sin perder su identidad rioplatense.

Pablo Valle: “El joven Pablo se habría sentido plenamente satisfecho con solo el 10% de lo que finalmente logré”

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Con más de dos décadas dedicadas al tango, el pianista, arreglador y director de Pablo Valle Sexteto y Siempre Tango repasa los momentos que marcaron su carrera. Desde un descubrimiento casi casual del género hasta las giras internacionales, la formación de sus agrupaciones y el reconocimiento de nuevas generaciones de músicos, el artista reflexiona sobre el camino recorrido y el presente de una música que sigue encontrando nuevos públicos.

Pablo Valle

Hay trayectorias que parecen cuidadosamente planificadas, pero la de Pablo Valle demuestra que muchas veces los grandes proyectos nacen de la casualidad. El pianista recuerda que el tango no formó parte de su infancia ni de una tradición familiar. De hecho, su primer acercamiento llegó casi por accidente, cuando apenas tenía 12 años y comenzaron a aparecer en su casa unas partituras que despertaron su curiosidad. «Fue entonces cuando toqué ‘Adiós Nonino’ y ‘La Cumparsita’ por primera vez», recuerda. Sin embargo, aquel interés inicial quedó en pausa durante varios años hasta que, ya cerca de los 25, decidió formar un dúo junto a un guitarrista para comenzar a transitar profesionalmente el camino del tango.

Desde entonces pasaron más de veinte años y Valle fue testigo de una transformación importante dentro del ambiente tanguero. A su entender, hoy existe una escena mucho más amplia que la que encontró al comenzar. «Se ven muchos más músicos y cantantes en escena que antes», afirma, y atribuye ese crecimiento al auge de las milongas con orquestas en vivo, al incremento de milongueros en distintas partes del mundo y a la progresiva retracción del público de concierto tradicional

Al hablar de sus referentes, no duda un instante. Horacio Salgán ocupa un lugar privilegiado en su formación musical. Lo define como «un pianista exquisito» que consiguió modernizar el tango sin perder su esencia, evitando el virtuosismo como un fin en sí mismo. A ese nombre suma otros pilares fundamentales como Carlos Di Sarli, Osvaldo Pugliese y Rodolfo Biagi, músicos que continúan marcando el camino para las nuevas generaciones de intérpretes.

Paradójicamente, tampoco la creación de Pablo Valle Sexteto respondió a un plan previamente diseñado. El conjunto nació en 2013 como consecuencia de una propuesta inesperada. Mientras trabajaban habitualmente como cuarteto, recibieron la posibilidad de presentarse ante organizadores chinos interesados específicamente en una formación de sexteto. «Nunca busqué formar un sexteto; fue un accidente hermoso», resume. Aquella presentación finalmente no derivó en el viaje previsto, pero sí dejó algo mucho más importante: el nacimiento de una agrupación que con el tiempo se convertiría en una referencia dentro del tango actual. «Hoy nos conmueve que jóvenes de 20 años se acerquen para decirnos que somos sus referentes y que comenzaron a tocar escuchando nuestros discos», dice emocionado.

Con el paso de los años, el proyecto fue creciendo hasta ocupar un espacio propio dentro del circuito. Valle reconoce que nunca imaginaron semejante recorrido y que hoy una de las mayores satisfacciones consiste en escuchar a jóvenes músicos decirles que comenzaron a tocar después de descubrir sus discos. «Nos conmueve que chicos de 20 años nos digan que somos sus referentes», señala, una afirmación que refleja el lugar que el sexteto logró construir respetando las sonoridades tradicionales sin renunciar a una identidad propia.

Las giras internacionales constituyen otro de los capítulos más importantes de su carrera. Entre todas las experiencias vividas, guarda un cariño especial por Corea del Sur, donde realizó en 2009 su primera gira fuera del país. Aquella experiencia significó no solo el descubrimiento de otra manera de trabajar, sino también la confirmación de que el tango podía emocionar a públicos muy lejanos. Más recientemente, la gira realizada este año por Japón junto a Pablo Valle Sexteto terminó de cumplir uno de sus grandes anhelos personales.

A esa intensa actividad se suma la dirección de Siempre Tango, una formación que, según explica, también surgió de manera inesperada. El proyecto le permitió explorar otra faceta artística, conservando la esencia de las grandes orquestas de las décadas del cuarenta y del cincuenta, pero incorporando una mirada contemporánea y abriendo la puerta a colaboraciones con artistas de otros géneros, una libertad creativa diferente a la que desarrolla junto al sexteto.

La pandemia también marcó un punto de inflexión. Con los escenarios cerrados y las actividades suspendidas, Valle buscó nuevas formas de mantener vivo el contacto con la música. Así nació el ciclo Tangos a la distancia, publicado en su canal de YouTube. El mecanismo era sencillo, aunque novedoso para aquel momento: grababa las bases de piano, las enviaba a Guillermo Fernández para que registrara la voz y luego editaba ambos materiales hasta lograr una interpretación conjunta. No es casuliadad que el proyecto haya sido con Guillermo: Justo antes de la pandemia, Pablo trabajaba junto a Andrea Ghidone y Guillermo Fernández en el Teatro Tabarís. «Era nuestra forma de mantener la cordura en medio de la incertidumbre», recuerda. El resultado sorprendió incluso al público, que muchas veces creía que las interpretaciones se realizaban en vivo y de manera simultánea.

Otro momento especialmente significativo llegó en 2021, cuando alguien del ambiente le envió una imagen de un cuadro que relacionaba los distintos estilos orquestales del tango. Allí, junto a nombres históricos del género, aparecía el suyo. Aunque todavía desconoce quién elaboró ese esquema, confiesa que la emoción fue inmediata. «Existe mucho sacrificio para ganar un lugar en este ambiente», explica, y considera que esa inclusión representó una señal de que el trabajo realizado durante tantos años había comenzado a dejar una huella. Esta imagen se encuentra en el perfil de la cuenta de Instagram de Pablo.

Al final de la conversación, la mirada se dirige inevitablemente hacia atrás. ¿Qué pensaría aquel joven que recién empezaba si pudiera conocer todo lo que viviría décadas después? Valle sonríe antes de responder que probablemente no le creería. «¡Usted está loco, señor!», imagina que le diría ese «Pablito» que solo aspiraba a convertirse en profesor de piano para vivir de la docencia. Nunca imaginó recorrer el mundo gracias al tango, presentarse en algunos de los teatros más importantes de Buenos Aires, editar discos en el exterior, escuchar sus arreglos sonar en radios, programas de televisión y milongas de distintos países, ni compartir escenario con artistas que entonces parecían inalcanzables; en resumen, vivir plenamente de su pasión .

La frase con la que concluye resume no solo una carrera, sino también una vida dedicada a la música. «Ese joven Pablo se habría sentido plenamente satisfecho con solo el diez por ciento de lo que finalmente logré». Una reflexión que sintetiza el recorrido de un músico que encontró en el tango una vocación permanente y que, sin proponérselo, terminó convirtiéndose también en una inspiración para quienes hoy comienzan a escribir sus propias historias dentro del género.

Ranko Fujisawa: la voz japonesa que hizo del tango una pasión

Este 21 de julio se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de Ranko Fujisawa (1925-2013), la cantante japonesa que logró convertirse en una de las mayores embajadoras del tango argentino en Oriente. Con una carrera que tendió puentes entre dos culturas separadas por miles de kilómetros, su nombre quedó asociado para siempre a la difusión internacional de nuestra música ciudadana.

Ranko Fujisawa

Hay historias que demuestran que el tango no conoce fronteras. La de Ranko Fujisawa es una de ellas. Nacida en Tokio el 21 de julio de 1925, su recorrido artístico terminó convirtiéndola en un símbolo del profundo vínculo entre Argentina y Japón, al punto de ser reconocida como una de las figuras más importantes en la difusión del género en Asia. A más de un siglo de su nacimiento, su legado continúa siendo una referencia ineludible para comprender la expansión mundial del tango.

Desde pequeña recibió una sólida formación musical. Estudió piano y canto hasta los 18 años con la intención de convertirse en cantante lírica, pero el estallido de la Segunda Guerra Mundial alteró por completo el rumbo de su vida. Su familia debió trasladarse a Manchuria y, tras la derrota de Japón, regresó a un país devastado. En ese contexto comenzó a trabajar cantando en clubes frecuentados por tropas estadounidenses, donde interpretaba música clásica, canciones populares japonesas, jazz y repertorio hawaiano para ganarse la vida.

El giro definitivo llegó cuando tenía 24 años. Tras escuchar por primera vez «La cumparsita» interpretada por la Orquesta Típica Tokio, descubrió una música que la conmovió profundamente. A partir de entonces decidió dedicarse al tango argentino. Para comprender su esencia estudió el género con el especialista Masahiko Takayama, escuchó cuidadosamente las grabaciones de Carlos Gardel, Azucena Maizani, Mercedes Simone, Ada Falcón, Libertad Lamarque y Hugo del Carril, y aprendió a interpretar las letras en español con una pronunciación que sorprendió tanto al público japonés como al argentino.

Poco después se incorporó a la Orquesta Típica Tokio, dirigida por Shimpei Hayakawa, con quien además contrajo matrimonio. Su debut como cantante de tangos llegó a fines de la década de 1940 con «Caminito» en Yokohama. En esa presentación estaba la presencia de los marinos de las tripulaciones de dos buques argentinos que acudieron a Japón para atender la petición de ayuda alimentaria de un país hambriento y amenazado de graves desórdenes públicos. Aquellos marinos quedaron maravillados y ese primer contacto dio lugar a que Ranko y su marido fueran invitados a visitar y actuar, años después, en Argentina. En 1950 inició formalmente su carrera profesional como intérprete del género. Sus primeras grabaciones consolidaron una trayectoria que pronto trascendería las fronteras japonesas.

En 1953 viajó por primera vez a Buenos Aires con la intención de permanecer apenas unos días. Sin embargo, su visita cambió de rumbo cuando fue convocada para presentarse ante el público argentino. Con la presencia del presidente de la república, el general Juan Domingo Perón, Fujisawa actuó en el Teatro Enrique Santos Discépolo acompañada por figuras de la talla de Aníbal Troilo y Roberto Grela, recibió una cálida acogida y prolongó su estadía durante varios meses. Aquella experiencia marcó el comienzo de una relación permanente con la Argentina, país al que regresó en distintas oportunidades para realizar presentaciones, grabaciones y programas radiales.

Entre sus registros más recordados figuran versiones de «Yira yira», «Adiós pampa mía», «Caminito», «Qué falta que me hacés», «Mamá, yo quiero un novio» y «Noche de plataforma», varias de ellas registradas en Buenos Aires en 1964 junto a la orquesta de Miguel Caló. Su interpretación, respetuosa del estilo tradicional y cargada de sensibilidad, la convirtió en una artista admirada tanto por el ambiente tanguero argentino como por el japonés. Se retiró definitivamente de la vida artística en 1970, dando un último recital en septiembre de 1991.

La figura de Ranko Fujisawa también representa uno de los capítulos más singulares de la internacionalización del tango durante el siglo XX. En una época en la que el género alcanzaba gran popularidad en Japón, ella fue una de sus principales exponentes y contribuyó decisivamente a acercar la música rioplatense a nuevas generaciones de oyentes. Su carrera demostró que el tango podía emocionar con la misma intensidad más allá de su lugar de origen y que su lenguaje artístico era capaz de unir culturas muy diferentes.

Ranko Fujisawa falleció el 22 de agosto de 2013, a los 88 años. Sin embargo, su historia continúa siendo una de las más extraordinarias del universo tanguero: la de una cantante nacida en Tokio que encontró en la música de Buenos Aires la vocación de toda una vida y que terminó convirtiéndose en una de las embajadoras más queridas e importantes que el tango argentino tuvo en Japón.

Roberto Zuccarino: “Soy alguien que vino de muy abajo, de Mataderos, y nunca imaginé recorrer el mundo o conocer gente tan importante”

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Criado entre milongas familiares en Mataderos, Roberto Zuccarino convirtió una pasión heredada en una forma de vida. Bailarín, productor, pianista y actual responsable de Cátulo Tango, repasa el camino que lo llevó a recorrer el mundo gracias al 2×4, reflexiona sobre el presente del género y recuerda el legado de su madre, Mónica Carranza, una figura clave en su historia personal.

Roberto Zuccarino

Hay artistas cuya relación con el tango parece escrita desde el nacimiento. En el caso de Roberto Zuccarino, esa historia comenzó mucho antes de que imaginara recorrer escenarios internacionales. El barrio de Mataderos, las reuniones familiares y las milongas fueron el escenario donde dio sus primeros pasos dentro de un universo que, con los años, terminaría definiendo su vida. «Toda mi familia era muy tanguera. Mi abuelo tocaba el bandoneón, mi vieja milongueaba y bailaba un montón; así que desde los 4 o 5 años ya iba a bailar con ellos», recuerda. Ese contacto temprano no solo despertó una vocación artística, sino también un profundo sentido de pertenencia hacia una cultura que hoy continúa defendiendo desde distintos lugares.

Con varias décadas de trayectoria sobre la pista, Zuccarino observa con optimismo la transformación que atravesó el ambiente tanguero. A diferencia de los años en que comenzó a bailar, cuando predominaban las milongas barriales y familiares, hoy encuentra una escena mucho más diversa. «Hay una moda nueva donde tenemos muchos más jóvenes que se metieron en el tango y está buenísimo. Para mí ellos son los que nos dejan tranquilos de que el género va a seguir. Son el futuro», afirma. Si bien reconoce que algunas milongas adquirieron una dinámica más cercana a un boliche, con música más intensa y otro clima, destaca que los códigos tradicionales siguen vigentes, un aspecto que considera fundamental para preservar la esencia del baile.

Su vida personal también quedó atravesada por el tango. Su compañera, Aldana, además de bailarina, es la creadora de Mucho Tango Boutique, una marca especializada en indumentaria para bailarinas que hoy viste a reconocidas figuras del circuito internacional. La historia de ambos comenzó de una manera tan casual como representativa del ambiente tanguero: mientras Roberto dictaba clases particulares a un alumno francés, necesitaba una bailarina que, además, pudiera traducir el idioma. Aldana hablaba francés y aceptó colaborar. «De ahí empezamos a hablar y conocernos», resume.

Aunque el público lo identifica principalmente como bailarín, su recorrido profesional siempre fue mucho más amplio. Antes incluso de consolidarse en el tango trabajó en producción musical y fue productor artístico de Leader Music. Esa experiencia se trasladó naturalmente al universo del 2×4. Formó compañías, produjo espectáculos y organizó festivales hasta que llegó la oportunidad de asumir la conducción de Cátulo Tango, una de las tradicionales casas dedicadas al género en Buenos Aires. «Cuando me llegó la posibilidad de manejar Cátulo, considero que me encontró con mucha experiencia. Había organizado milongas durante diez años, el Argentina Tango Salón hace trece y muchos festivales en Argentina y Brasil. Llegó en el momento justo», explica.

Su carrera también estuvo marcada por los viajes. Gracias al tango conoció prácticamente toda la Argentina y países como Uruguay, Chile, Corea, Rusia y Brasil. Sin embargo, es este último destino el que ocupa un lugar especial en su memoria. «Cuando llegué por primera vez sentí que era uno de mis lugares en el mundo. Mis bisabuelos eran brasileños y, por una cuestión de raíces y cultura, siempre disfruto muchísimo volver», señala. Esa relación con Brasil también explica la consolidación del Argentina Tango Salón Festival Brasil, una extensión internacional del tradicional encuentro que organiza en el país desde hace trece años. Según cuenta, la iniciativa surgió cuando grupos de bailarines brasileños comenzaron a participar de las ediciones argentinas hasta que el crecimiento hizo natural trasladar el proyecto al país vecino. «En Brasil es una fiesta, con muchísima gente. Este año incluso sumamos una cena show. Es algo muy grande», destaca.

Entre los nombres que marcaron su vida hay uno que aparece una y otra vez: el de su madre, Mónica Carranza. Reconocida por su trabajo solidario y fundadora del Comedor «Los Carasucias», fue también quien le transmitió gran parte de los valores que hoy intenta sostener. «Mi vieja fue mi ejemplo a seguir. Mi pilar número uno. Ella me inculcó que lo que eligiera lo hiciera de la mejor manera y fue quien me acercó al tango. Cuando empecé a bailar me apoyó al ciento por ciento. Uno de sus valores era que lo que uno da, vuelve», recuerda con mucho cariño.

En paralelo al baile, Zuccarino nunca abandonó la música. Pianista y compositor, después de la pandemia volvió a fortalecer esa faceta artística componiendo para distintos intérpretes y participando en nuevos proyectos. Actualmente integra la producción de La Auténtica Milonguera, dirigida por Pablo Valle, y forma parte de «La Mucho Tango» como pianista junto a Pedro Farías y Ramiro Pérez Caricchio. «Todo eso me llena la parte artística y me encanta», resume.

A la hora de mirar hacia atrás, el balance parece atravesado por la gratitud. Si pudiera conversar con aquel adolescente de Mataderos que soñaba con abrirse camino en el tango, sabe exactamente qué le diría. «Soy alguien que vino de muy abajo, de Mataderos, y nunca me imaginé que iba a recorrer el mundo o tener la posibilidad de conocer gente tan importante y nunca perder la esencia. Creo que le diría que disfrute cada momento, que la vida son momentos y que todo lo que soñé se me dio. Así que le diría que siga siempre detrás de sus sueños que se le va a dar.»

Esa frase resume buena parte de una trayectoria construida con trabajo, constancia y una profunda identidad tanguera. Desde las primeras milongas familiares hasta la dirección artística de una casa de tango, pasando por escenarios de distintos continentes, Roberto Zuccarino sigue demostrando que el tango puede ser tradición y futuro al mismo tiempo. Y mientras nuevas generaciones se suman a las pistas de baile, él continúa convencido de que el género mantiene intacta su capacidad para emocionar, reunir personas y seguir escribiendo nuevas historias.

9 de Julio: cuando la danza también cuenta la historia de la Independencia argentina

Cada Día de la Independencia, la música y las danzas tradicionales vuelven a ocupar un lugar central en escuelas, peñas y festivales de todo el país. Aunque muchas de ellas se consolidaron décadas después de 1816, todas forman parte del patrimonio cultural que mantiene vivo el espíritu de una fecha fundacional para la Argentina.

Danzas en el Día de la Independencia

Cada 9 de julio, la Argentina recuerda uno de los momentos más trascendentes de su historia: la declaración de la Independencia, proclamada en 1816 por el Congreso reunido en San Miguel de Tucumán. Aquel día, las Provincias Unidas del Río de la Plata decidieron romper definitivamente los vínculos políticos con la monarquía española y dar un paso decisivo hacia la construcción de un país soberano. Sin embargo, además de los actos oficiales y los relatos históricos, existe otra manera de mantener viva esa memoria: la danza.

Hoy resulta casi imposible imaginar una celebración del Día de la Independencia sin un escenario donde suenen chacareras, zambas, gatos o escondidos. Esas postales forman parte del paisaje habitual de escuelas, centros culturales, peñas y festivales populares. No obstante, los especialistas coinciden en señalar que muchas de esas danzas folklóricas adquirieron su forma definitiva varias décadas después de 1816. De hecho, el gran baile oficial que celebró la Declaración de la Independencia no tuvo lugar el mismo 9 de julio, sino en la noche del 10 de julio de 1816, cuando autoridades, congresales y militares participaron de una fiesta organizada en Tucumán. Los festejos populares continuaron durante los días posteriores con reuniones, bailes y juegos que acompañaron el nacimiento del nuevo Estado.

Entre las danzas más difundidas durante los primeros años del siglo XIX se encontraban el cielito, el pericón —en sus primeras versiones—, el cuándo, la media caña y el minué, este último heredado de los salones europeos. También circulaban la contradanza y otras expresiones llegadas desde España y Francia, que fueron adaptándose a las costumbres locales. A ellas se sumaban el malambo, característico por su virtuosismo y zapateo individual masculino, y el candombe, profundamente ligado a las celebraciones de la comunidad afrodescendiente del Río de la Plata. En las reuniones sociales de la época convivían los bailes de salón con las manifestaciones populares, en un proceso que más tarde daría origen a buena parte del folklore argentino.

El cielito ocupa un lugar especial dentro de esa historia. Más que un simple baile, fue también una forma musical utilizada para expresar ideas patrióticas durante las guerras por la Independencia. El poeta Bartolomé Hidalgo escribió numerosos «cielitos patrióticos», que circulaban entre soldados y pobladores exaltando la causa independentista. La danza, ejecutada por parejas sueltas y con figuras coreográficas sencillas, terminó convirtiéndose en una de las expresiones artísticas más representativas de aquellos años.

El pericón, por su parte, evolucionó con el paso del tiempo hasta transformarse en una de las danzas nacionales más emblemáticas. Su versión actual, conocida como pericón nacional, fue documentada hacia fines del siglo XIX por el cronista Ventura Lynch, popularizada en los escenarios por José Podestá y posteriormente sistematizada por investigadores del folklore. Sus primeras variantes, presentes durante las primeras décadas del país independiente, diferían de la coreografía que hoy se interpreta en los actos patrios, cuyos elementos simbólicos y coreográficos se consolidaron con el paso del tiempo.

Con el correr del siglo XIX, el repertorio folklórico argentino siguió enriqueciéndose con danzas como la zamba, la chacarera, el gato, el escondido, la huella y el chamamé; expresiones que hoy suelen identificarse inmediatamente con las fiestas patrias. Cada una posee características propias: la zamba se distingue por el diálogo amoroso que representan los pañuelos; la chacarera, por su energía y el zapateo; el gato, por su ritmo vivaz y sus figuras de galanteo. Aunque no formaron parte del Congreso de Tucumán, estas expresiones terminaron simbolizando la identidad cultural del país y se incorporaron naturalmente a las celebraciones del 9 de Julio.

El vestuario tradicional también contribuye a reconstruir ese imaginario nacional. Las amplias polleras, los pañuelos, los chiripás, los calzoncillos cribados, las botas de potro, los sombreros y los ponchos evocan el universo criollo de los primeros años del siglo XIX y su evolución posterior dentro de la cultura popular argentina. Del mismo modo, instrumentos como la guitarra, el bombo legüero y el violín acompañan melodías que transmiten costumbres, paisajes e historias de distintas regiones del país.

Más de dos siglos después de la Declaración de la Independencia, la danza continúa siendo una forma de celebrar la identidad argentina. Cada coreografía, cada pañuelo al viento y cada zapateo no solo recuperan una tradición artística, sino que también ayudan a mantener viva una memoria colectiva que trasciende los libros de historia. Porque el 9 de Julio no solo se recuerda con discursos y banderas: también se honra bailando, transmitiendo de generación en generación un patrimonio cultural que sigue uniendo pasado y presente.

Samuel Castriota: A 94 años sin el hombre detrás de “Mi noche triste”

El 8 de julio de 1932 fallecía Samuel Castriota, uno de los pioneros del piano tanguero y autor de la música de “Mi noche triste”, obra fundamental que marcó el nacimiento del tango canción y cambió para siempre la historia de la música rioplatense.

Samuel Castriota

Hay nombres que no siempre ocupan el centro de la escena, pero sin ellos la historia del tango sería imposible de entender. Samuel Castriota es uno de esos casos. Este 8 de julio se cumplen 94 años de la muerte del compositor y pianista nacido en Buenos Aires el 2 de noviembre de 1885, recordado especialmente por haber creado la música de «Mi noche triste», el tango que abrió una nueva etapa en el género y quedó asociado para siempre a la figura de Carlos Gardel.

Castriota perteneció a la generación de músicos que ayudó a transformar al tango desde sus formas más primitivas hacia un lenguaje cada vez más elaborado. Pianista de sólida formación popular, comenzó a tocar en cafés, salones y reuniones porteñas en una época en la que el tango todavía luchaba por ganarse un lugar en la sociedad. Con el tiempo se convirtió en uno de los primeros pianistas dedicados casi exclusivamente al género y dejó una importante producción de tangos, valses y milongas.

Sin embargo, ninguna de sus composiciones alcanzó la trascendencia de «Mi noche triste». La historia de esa obra es, en sí misma, una de las más fascinantes del tango. Castriota había compuesto un tango instrumental titulado Lita. Años después, el poeta Pascual Contursi tomó esa melodía y le agregó una letra cargada de melancolía, abandono amoroso y lenguaje coloquial porteño. El resultado fue «Mi noche triste», considerado por gran parte de los historiadores como el primer tango canción, es decir, el primer gran tango pensado para ser cantado con una letra narrativa y sentimental.

La obra adquirió dimensión histórica cuando Carlos Gardel la incorporó a su repertorio y la grabó en 1917. Esto más su inclusión en el sainete «Los dientes del perro» lanzó el nombre de los autores al conocimiento del público pero también provocó entre ellos roces por motivos económicos, no obstante lo cual volvieron a colaborar, pero sin éxito, en el tango Sentate hermano.

A partir de entonces el tango dejó de ser solamente música para bailar y comenzó también a convertirse en una canción capaz de contar historias, expresar emociones y construir personajes reconocibles para el público. Muchos especialistas señalan que ese cambio modificó para siempre el destino del género.

El propio Castriota fue testigo de cómo aquella melodía nacida como tango instrumental terminaba convirtiéndose en un fenómeno popular de enorme alcance. Aunque continuó componiendo otras piezas, entre ellas «La yerra», «La cotorrita», «Como quiera» y diversos valses y milongas, el peso histórico de «Mi noche triste» terminó eclipsando gran parte de su catálogo.

Su carrera transcurrió entre orquestas típicas, cafés y escenarios porteños en los años de consolidación del tango. Como pianista era reconocido por su conocimiento del repertorio popular y por una forma de tocar que combinaba la tradición criolla con los nuevos recursos que el género iba incorporando. En una época en la que el piano comenzaba a ganar protagonismo dentro de las orquestas, Castriota fue uno de los músicos que ayudó a definir ese camino.

Un día ganó un premio importante en la lotería y se alejó de la música para instalar un negocio de peluquería. Al tiempo, sin embargo, volvió a su pasión e integró como pianista un trío que completaban Vicente Loduca en bandoneón y Francisco Canaro en violín, que actuó algún tiempo por el barrio de la Boca, finalizando cuando decidió formar su propio conjunto.

Samuel Castriota murió el 8 de julio de 1932, cuando el tango ya era una de las expresiones culturales más importantes de la Argentina. Tenía 46 años y dejaba una obra que, quizás sin proponérselo, había cambiado el rumbo de la música ciudadana. Porque más allá de sus composiciones y de su trabajo como pianista, su legado quedó ligado a un hecho decisivo: haber creado la melodía que permitió el nacimiento de «Mi noche triste», el tango que abrió la puerta al tango canción y que todavía hoy sigue sonando en milongas, conciertos y homenajes alrededor del mundo.

Noventa y cuatro años después de su muerte, el nombre de Samuel Castriota continúa apareciendo cada vez que se cuenta cómo el tango pasó de los patios y los salones de baile a convertirse también en una canción capaz de emocionar, narrar y perdurar en la memoria colectiva.

Lautaro Benavídez: “En el tango debe haber una búsqueda para llegar a las personas y que se enamoren del género como en la década dorada”

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Director musical de Bar Sur y del espectáculo de Carlos Gardel, pianista, arreglador y compositor, Lautaro Benavídez reflexiona sobre el presente del tango, el valor del trabajo colectivo, las dificultades de vivir de la música y el desafío de acercar el género a las nuevas generaciones sin perder su identidad.

Lautaro Benavídez en el piano

Hay artistas cuya historia parece estar escrita desde la infancia. En el caso de Lautaro Benavídez, el tango llegó antes de cualquier decisión consciente. Mientras su padre trabajaba en una casa de tango, él pasaba muchas noches junto a su abuelo, quien acostumbraba escuchar programas radiales dedicados al género. «Sonaba tango a la noche en la radio y yo dormía con esa música. Me fascinaba, siempre me apasionó ese mundo desde chico. No me daba cuenta, pero hizo un montón para mí», recuerda. Aquellas noches terminaron marcando el comienzo de un camino que hoy lo encuentra como director musical de Bar Sur y del espectáculo de Carlos Gardel, además de desarrollar una intensa actividad como pianista, arreglador y compositor.

A la hora de hablar de sus influencias musicales no duda en señalar a Armando Cupo y Alberto Di Paulo como sus grandes referentes. Del primero admira una forma de tocar que define como el tango que más lo representa; del segundo, la profundidad de sus arreglos y su manera de sentir el género. A esa lista suma a numerosos pianistas de las tradicionales casas de tango, muchos de ellos menos conocidos para el gran público, pero fundamentales en su formación como Cacho Puerta, Cacho Queirolo o el Mono Olivera. «Yo aprendí mucho de ellos», asegura, reivindicando una escuela interpretativa que considera esencial para comprender la identidad musical del tango.

En un contexto donde conviven propuestas muy diversas, Benavídez evita las descalificaciones y apuesta por el respeto entre las distintas miradas artísticas. «El tango es para todos, no hay solamente una forma de hacerlo», sostiene. Sin embargo, también plantea un desafío que considera central para el futuro del género: «En el tango debe haber una búsqueda para llegar a las personas y que se enamoren del género como en la década dorada». Para él, esa búsqueda no implica abandonar la tradición, sino encontrar nuevas maneras de conectar con el público sin perder la esencia que convirtió al tango en un fenómeno cultural de alcance mundial «A todas les doy la oportunidad escuchando, luego lo valoro en función de mis gustos», sintetiza.

Su vínculo con el piano nunca estuvo en discusión. Aunque reconoce que el bandoneón también lo seduce, considera que el instrumento ocupa un lugar determinante dentro de cualquier orquesta. «El piano le da impronta a la orquesta y el ADN de cómo va a sonar todo. No es lo mismo si hay un pianista u otro, siempre cambia todo», explica. Incluso decidió aprender a bailar para experimentar el tango desde otra perspectiva y comprender mejor el universo de quienes lo interpretan con el cuerpo. Aquella experiencia, dice, le permitió descubrir otro punto de vista: «Yo feliz de la vida de haber estado durante mucho tiempo en ese lado de los bailarines, que es uno mágico».

La carrera también lo llevó a presentarse en escenarios de países como Estados Unidos y Corea del Sur. Allí encontró una valoración del tango muy fuerte. Recuerda el afecto del público, los saludos después de cada concierto e incluso las firmas de autógrafos como experiencias que todavía lo emocionan. «Afuera le dan mucha más importancia que acá. Era salir del escenario y que te agradezcan todo el tiempo por lo que hacés», afirma. Esa respuesta internacional reforzó su convicción de que el tango continúa despertando admiración en distintos rincones del mundo y de que los músicos actuales son apenas un engranaje de la máquina tanguera dentro de una historia construida por generaciones anteriores. Asimismo, también busca respuestas sobre el fenómeno que pasa en Argentina: «Uno a veces se pregunta el por qué de esa ignorancia hacia nuestra música. Acá se suele minimizar y dar por hecho».

Benavídez también se detiene en una problemática que atraviesa a muchos artistas: la escasa valoración que, en ocasiones, recibe el trabajo musical. Explica que detrás de una interpretación de pocos minutos existen años de estudio, preparación y ensayo que muchas veces pasan inadvertidos para quienes contratan espectáculos. «Con lo que a uno le gusta y con el trabajo se genera eso porque algunos lo toman como si fuera un hobby», reflexiona. El mayor probelma es al momento de ponerle precio a las presentaciones: «No es que estamos en una planilla cotizando cuánto vale cada hora de show como si fuera una empresa, pero negociar es muy difícil y en ocasiones hacerlo me da la sensación que el otro minimiza el valor al verlo fácil». Aun así, distingue la realidad que vive en Bar Sur, donde asegura sentirse comprendido por un equipo que conoce desde adentro las exigencias del oficio.

Como compositor, reconoce que suele encontrar la inspiración en la nostalgia. Entre todas sus obras destaca especialmente «Como Neptuno para Urano», una pieza instrumental que considera una síntesis de su identidad artística, y otra composición dedicada a un tío muy querido, nacida a partir de una carta personal que luego tomó forma musical. Ambas representan, según explica, algunos de los momentos más íntimos de su recorrido creativo.

No todas las experiencias fueron sencillas. De hecho, su primera actuación como pianista reemplazante en una casa de tango estuvo a punto de hacerlo abandonar su sueño. Los nervios del debut derivaron en una situación traumática cuando dos músicos decidieron retirarse del escenario en pleno espectáculo recriminando que con Lautaro no se podía tocar. «Me llegué a replantear si quería seguir tocando, si valía la pena seguir en este camino», recuerda. Con el paso de los años resignificó aquel episodio y lo transformó en una enseñanza sobre la empatía y el compañerismo, valores que hoy intenta transmitir cada vez que trabaja con músicos o comparte escenario con colegas para diferenciarse de esas personas que tan mal momento le hicieron pasar.

Esa historia adquiere un significado especial porque, tiempo después, Bar Sur terminó convirtiéndose en el lugar de su revancha ya que ahí fue donde tuvo esa primera experiencia negativa. Allí encontró no solo un espacio de crecimiento profesional, sino también una segunda casa. «Mi cuerpo necesita de las personas sentándose en Bar Sur a ver el show para que se vayan contentas y con una experiencia nueva cada noche», dice sobre el histórico escenario porteño, donde actualmente tiene la responsabilidad de dirigir la música. «Tenga el día que tenga, en esas dos horas arriba del escenario lo doy todo sin excusas», agrega.

Quizá esa mirada explique también su manera de entender el liderazgo. Para Benavídez, dirigir una orquesta está lejos de ejercer autoridad desde un pedestal. Significa escuchar, generar confianza y potenciar al grupo por encima de los egos individuales. «Lo más importante es tener empatía con los colegas, calmar los egos, especialmente el de uno mismo, y hacer que todo funcione en colectivo», resume.

Luego de un recorrido construido entre escenarios, giras, composiciones y aprendizajes, la palabra empatía condensa no solo su forma de dirigir una orquesta, sino también su manera de vivir el tango: una música que, para seguir creciendo, necesita del talento individual, pero sobre todo del encuentro entre quienes la hacen posible.

Roberto Beltrán: 55 años sin la voz del Abasto que marcó al tango

Nacido como León Zúcker y criado a pocos metros de la casa de Carlos Gardel, Roberto Beltrán construyó una sólida trayectoria junto a algunas de las orquestas más importantes de la época dorada del tango. A 55 años de su fallecimiento, su historia continúa siendo parte del patrimonio musical argentino.

Roberto Beltrán

El 2 de julio de 1971 fallecía en Buenos Aires Roberto Beltrán, uno de esos cantores que, sin ocupar siempre los primeros planos de la historia del tango, dejaron una marca profunda dentro de la época dorada del género. Hoy, al cumplirse 55 años de su muerte, su nombre vuelve a ocupar un lugar en la memoria tanguera gracias a una carrera que lo llevó a compartir escenario con algunas de las orquestas más prestigiosas del país y a convertirse en una voz respetada por colegas, músicos y aficionados.

Su verdadero nombre era León Zúcker —también registrado como Zuker— y nació el 17 de junio de 1916 en pleno centro porteño. Creció en el barrio del Abasto, sobre la cortada Zelaya, a escasos metros de la casa de Carlos Gardel, una cercanía que con el paso del tiempo adquiriría un inevitable valor simbólico para quien terminaría dedicando su vida al tango. Desde muy pequeño mostró inclinación por el canto: debutó con apenas nueve años en el Café Mitre y poco después también actuó en la tradicional Glorieta La Victoria, dos escenarios que marcaron sus primeros pasos artísticos. Durante su adolescencia alternó la pasión por la música con la práctica del boxeo, disciplina que compartía en un club de Almagro con el legendario Justo Suárez, «El Torito de Mataderos». Sin embargo, el tango terminó imponiéndose definitivamente sobre los guantes.

Con el apodo de «Leoncito», fue consolidando su presencia en distintos escenarios porteños hasta que el bandoneonista Enrique Alessio lo acercó a Osvaldo Pugliese. En 1938 debutó con la orquesta del maestro, donde permaneció durante un año. Fue también en esos años cuando, por sugerencia del poeta Celedonio Flores —quien le habría dicho que «si querés cantar tango no podés llamarte León ni Zúcker»— adoptó el nombre artístico de Roberto Beltrán, con el que desarrollaría el resto de su carrera. Tras su paso por la formación de Pugliese continuó su recorrido artístico junto a Juan Caló y, más adelante, con Tito Ribero, ampliando su experiencia dentro del circuito de las grandes orquestas típicas.

Después de esas etapas actuó junto al violinista Alberto Pugliese y posteriormente con Emilio Orlando, donde compartió los micrófonos de Radio El Mundo con otro futuro referente del género, Edmundo Rivero. Más tarde volvió a integrar distintas formaciones hasta incorporarse, en 1945, a la orquesta de Edgardo Donato, etapa considerada una de las más importantes de su trayectoria artística. Durante esos años participó de presentaciones radiales, actuaciones en salones de baile y realizó las dos grabaciones comerciales que quedaron como testimonio de su voz: los tangos «Portero, suba y diga» y «Demasiado tarde».

Precisamente, una de esas grabaciones refleja también el contexto político y cultural de la época. Cuando registró «Portero, suba y diga» en 1945, la letra original debió ser modificada para adaptarse a las normas de censura impuestas por el gobierno militar surgido en 1943, que prohibía la difusión radial de expresiones lunfardas y determinadas referencias consideradas inapropiadas. El episodio constituye uno de los numerosos ejemplos de las restricciones que atravesó el tango durante aquellos años.

Tras alejarse de Donato continuó desarrollando una intensa actividad como solista y también se desempeñó como cantor en un cuarteto dirigido por el bandoneonista Eduardo Rovira, una de las figuras que años más tarde revolucionaría el lenguaje del tango. Además, cantó junto a Ricardo Pedevilla y Roberto Dimas, regresó posteriormente a la orquesta de Donato y, en 1953, una denuncia anónima que lo acusaba de haber insultado la memoria de Eva Perón lo obligó a exiliarse en Brasil. Permaneció allí hasta 1956, cuando volvió a la Argentina y retomó su actividad acompañado al piano por Lucio Demare, para luego realizar nuevas presentaciones junto a Armando Lacava y Miguel Nijensohn.

Hermano mayor del recordado actor Marcos Zúcker, Roberto Beltrán representó el perfil del cantor profundamente ligado al ambiente porteño, a la radio y a las grandes orquestas típicas. Sin alcanzar la enorme popularidad de otras voces de su generación, construyó una carrera sostenida por la calidad interpretativa y el reconocimiento de sus pares, dejando registros discográficos que aún hoy forman parte del patrimonio histórico del tango.

A 55 años de su fallecimiento, su figura continúa asociada a una época irrepetible de la música ciudadana. Desde aquel niño que debutó con apenas nueve años en un café del Abasto hasta el cantor que compartió escenario con algunas de las principales orquestas del país, Roberto Beltrán fue uno de los tantos artistas que ayudaron a consolidar la identidad del tango argentino y cuyo legado permanece vivo en las grabaciones, las investigaciones históricas y la memoria de quienes siguen encontrando en esas voces el espíritu de una Buenos Aires que nunca dejó de cantar.

Daniel Melingo: el artista que encontró en el tango un territorio para reinventarse

Con una carrera que atravesó el rock, el teatro y la música popular argentina, Daniel Melingo construyó desde fines de los años noventa una de las propuestas más originales del tango contemporáneo. Su fallecimiento, ocurrido el día de ayer a sus 68 años, deja un vacío en una escena que encontró en su voz, su poesía y su particular manera de interpretar el género una identidad inconfundible.

Daniel Melingo

La música argentina perdió el 30 de junio de 2026 a una de sus figuras más singulares. Daniel Melingo falleció a los 68 años luego de atravesar una enfermedad respiratoria, dejando una trayectoria artística difícil de encasillar, marcada por la experimentación constante y una permanente búsqueda expresiva. Aunque alcanzó notoriedad durante la explosión del rock nacional de los años ochenta como integrante de Los Abuelos de la Nada y cofundador de Los Twist, fue en el tango donde encontró el lenguaje con el que construyó una de las obras más personales y originales de la música argentina contemporánea.

Nacido en el barrio porteño de Parque Patricios el 22 de octubre de 1957, Melingo creció rodeado de música. Su padrastro fue representante del histórico cantor Edmundo Rivero y su familia mantenía un fuerte vínculo con el tango y la música clásica. Estudió clarinete, guitarra, armonía y composición, una formación que le permitió moverse con naturalidad entre distintos géneros sin perder nunca una identidad propia.

Durante la década de 1980 se convirtió en una figura destacada del rock argentino. Integró la renovada formación de Los Abuelos de la Nada junto a Miguel Abuelo, Andrés Calamaro y Cachorro López, además de fundar Los Twist con Pipo Cipolatti, una de las bandas más representativas de la llamada «primavera democrática». También participó en proyectos junto a Charly García y desarrolló parte de su carrera en Brasil y España. Sin embargo, detrás de ese recorrido siempre permanecía latente una relación mucho más profunda con el universo tanguero.

El cambio comenzó a materializarse hacia fines de los años noventa. Lejos de entenderlo como un giro inesperado, el propio Melingo insistía en que el tango había formado parte de su vida desde la infancia y que, en realidad, no había abandonado el rock para acercarse al género, sino que estaba regresando a un territorio que siempre le había pertenecido. «Antes que del rock, vengo del tango», sostuvo en distintas entrevistas al recordar que su madre le cantaba tangos incluso antes de nacer.

Ese reencuentro quedó plasmado en Tangos Bajos (1998), el disco que marcó el inicio de una nueva etapa artística. A partir de allí comenzó a desarrollar un universo propio, alejado tanto del tango tradicional como de las propuestas más comerciales. Su voz áspera, casi teatral, el uso del lunfardo, la influencia de la literatura porteña y la construcción de personajes marginales dieron forma a una estética que pronto llamó la atención dentro y fuera del país.

Álbumes como Ufa, Santa Milonga, Maldito Tango, Corazón y Hueso, Linyera y Anda consolidaron una obra que dialogó permanentemente con los grandes poetas del género, entre ellos Enrique Cadícamo, Celedonio Flores, Dante A. Linyera, Julián Centeya y Carlos de la Púa. Un lugar central ocupó también el escritor y médico Luis Alposta, con quien desarrolló una extensa colaboración creativa que dio origen a decenas de composiciones.

Su manera de interpretar el tango rompía con numerosos convencionalismos. Más que cantar, Melingo parecía narrar historias. Cada frase, cada silencio y cada respiración contribuían a construir personajes inspirados en el arrabal, los cafés, el lunfardo y la vida de quienes habitan los márgenes de la ciudad. Esa combinación de actuación, poesía y música convirtió cada concierto en una experiencia escénica que trascendía el formato tradicional del recital.

Mientras en Argentina su propuesta generaba admiración y debate, fue Europa la que primero terminó de consagrarlo. Francia, España, Italia y el Reino Unido lo recibieron como uno de los grandes renovadores del tango del siglo XXI. La prensa internacional llegó a definirlo como uno de los artistas que había conseguido devolverle al género una nueva vitalidad, sin renunciar a su esencia porteña.

El reconocimiento también llegó en su país. En 2015 recibió el Premio Konex – Diploma al Mérito como uno de los cinco mejores cantantes de tango de la década, mientras que en 2017 obtuvo dos Premios Gardel por Anda, distinguido como Mejor Álbum de Tango Alternativo y por el videoclip de «En un bosque de la China». En los últimos años impulsó proyectos como La Típica Melingo y continuó presentándose en escenarios internacionales con una propuesta que combinaba tradición, experimentación y una fuerte impronta teatral.

Hasta poco antes de su muerte seguía plenamente activo. Trabajaba en Tangos Bajos (Rework), una nueva versión de la obra que había cambiado su carrera, con la participación de numerosos artistas invitados y una presentación prevista para septiembre de 2026. Paralelamente, desarrollaba un documental sobre las raíces africanas de la música popular argentina, el lanzamiento de su propio vino Malbec y otros proyectos vinculados a la música popular argentina.

La historia de Daniel Melingo demuestra que el tango continúa siendo un género capaz de transformarse sin perder identidad. Desde una mirada profundamente personal, logró ampliar sus límites, incorporar nuevas influencias y acercarlo a públicos que quizá nunca habían encontrado una puerta de entrada al universo tanguero. Su obra permanece como el testimonio de un artista que eligió habitar los márgenes para encontrar una voz absolutamente propia y que terminó convirtiéndose en una de las figuras fundamentales del tango contemporáneo.

Lucas Páez: “Hay bailarines de escenario que no tienen contacto con el tango social y eso me parece pésimo”

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Con más de dos décadas de trayectoria, experiencia internacional, participación como jurado del Mundial de Tango BA y una marcada vocación docente, Lucas Páez reflexiona sobre la evolución de la danza, la importancia de la milonga como núcleo del género y los desafíos de transmitir el tango a las nuevas generaciones.

Lucas Páez

Para Lucas Páez, el tango no comenzó en una academia ni sobre un escenario. Empezó en su casa. Entre discos y radios encendidas, el género se convirtió en parte natural de su vida desde la infancia. «Tenía 3 o 4 años y escuchaba tango en la radio con mi familia», recuerda. Su padre y sus tíos lo escuchaban, sus abuelos lo bailaban; casi todos estaban atravesados por el tango. Aquellos primeros años también estuvieron marcados por programas emblemáticos como «Grandes Valores del Tango» y por las visitas de su padre a una milonga muy conocida que se llamaba “El Club Almagro” en la década del 90, experiencias que terminaron de despertar una pasión que continúa vigente hasta hoy.

A lo largo de su carrera encontró inspiración en algunos de los nombres más importantes de la danza tanguera. Juan Carlos Copes, Miguel Ángel Zotto, Osvaldo Zotto, Mingo Pugliese, Antonio Todaro, Gabriel Angió y Roberto Herrera integran la lista de referentes que marcaron su formación. Con varios de ellos, incluso, tuvo la posibilidad de estudiar personalmente, algo que Lucas describe como una suerte.

Sin embargo, cuando analiza el presente de la actividad, Páez observa transformaciones que le generan preocupación. Según explica, años atrás el tango de pista constituía el punto de partida natural para quienes aspiraban a desarrollar una carrera escénica. Hoy, en cambio, percibe que muchos bailarines comienzan directamente por el tango escenario sin atravesar la experiencia del tango social. Y ante este panorama, Lucas es muy contundente: “Hay bailarines de escenario que no tienen contacto con el tango social y eso me parece pésimo”. Para él, esa situación desvirtúa la esencia del género porque lo aleja del abrazo, la marca, la caminata y la conexión humana que históricamente definieron a la danza. “El abrazo es muy simbólico”, sostiene, y advierte que convertir el tango únicamente en una mecánica de movimientos implica perder buena parte de su contenido emocional y cultural.

La docencia ocupa un lugar igualmente central en su recorrido. Lejos de verla como una actividad secundaria respecto al baile, considera que exige capacidades completamente diferentes. Cuenta que desde muy joven compañeros y bailarines con más experiencia le consultaban cuestiones técnicas y pedagógicas, algo que terminó orientándolo naturalmente hacia la enseñanza. “A mí enseñar me parece una actividad muy integradora, agradable y muy digna”, afirma. Para Páez, bailar bien y enseñar bien no son necesariamente la misma cosa. “Hay personas que bailan muy bien y no saben enseñar”, explica, al tiempo que destaca que el mejor docente es aquel capaz de ponerse en el lugar del alumno y adaptar el aprendizaje a sus necesidades. «Si vos crees que porque alguien es muy buen bailarín va a ser un buen docente, es un error ya que no necesariamente eso lo hará un buen profesor», cierra.

Esa mirada también se nutrió de una extensa experiencia internacional. Brasil ocupa un lugar especial en su historia personal y profesional. Allí vivió durante tres años y es donde nació su hija después de una gira realizada durante la crisis argentina de 2001. También menciona a Italia y España como países donde se siente especialmente cómodo por sus raíces familiares y culturales: «estoy como en casa porque, además de tener la ciudadanía italiana, mis raíces son mitad de Italia y mitad de España». Aunque reconoce el gran aprecio que existe por el tango en lugares como Francia, Rusia, Alemania, Austria, Suiza o Bélgica, asegura que la conexión emocional que encuentra en Brasil, Italia, España y Uruguay es difícil de igualar.

Otro de los roles que ha desarrollado es el de jurado del Mundial de Tango BA, una responsabilidad que describe como uno de los mayores reconocimientos a su trayectoria. “La experiencia de ser jurado es una gran responsabilidad y un premio por los años dedicados y la seriedad con la que uno hace todo”, señala. Según explica, evaluar parejas en instancias avanzadas requiere un nivel de observación extremadamente detallado, ya que las diferencias suelen encontrarse en aspectos mínimos que sólo pueden detectarse con experiencia y criterio.

Cuando se le pide definirse, sorprende con una respuesta que sintetiza buena parte de su filosofía. Aunque ha desarrollado facetas como bailarín, profesor, coreógrafo, comunicador y jurado, asegura que ninguna de ellas lo representa completamente. “Diría que me siento más milonguero que todo”, afirma. Para Páez, el espíritu del tango sigue estando en el encuentro social y en la posibilidad de relacionarse con otros a través del abrazo. Por eso considera que sus distintas actividades nacen de una identidad previa: la del milonguero que disfruta bailar por placer, compartir experiencias y construir comunidad alrededor de la danza. «Si uno lo ve desde una perspectiva profesional para ganar dinero considero que se aparta de lo esencial, entonces soy un milonguero que puede oficiar de cualquiera de los roles en los que me desenvuelvo», sintetiza.

Esa necesidad de comunicación también dio origen a «El Tango Hoy», el ciclo de entrevistas que impulsó durante la pandemia. Imposibilitado de juntarse con la gente en las pistas de baile, Lucas encontró en el diálogo con artistas una nueva forma de sostener el vínculo con la comunidad tanguera. No se trata de una casualidad: además de bailarín, es abogado y comunicador social. “La comunicación social para mí es una de las patas fundamentales del tango”, sostiene.

Mirando hacia adelante, Páez continúa enfocado en el desarrollo de un método de enseñanza propio basado en tres pilares técnicos: movimiento, ritmo y coordinación. También planea seguir viajando, difundiendo contenidos a través de redes sociales y generando espacios de aprendizaje para nuevos bailarines. Pero, más allá de proyectos específicos, su objetivo parece mantenerse inalterable: contribuir a que el tango siga siendo un lugar de encuentro. Un espacio donde la técnica tenga importancia, pero donde el abrazo, la comunicación y la dimensión social del género continúen ocupando el centro de la escena. Su cierre de entrevista resume todo a la perfección: “Mi objetivo es seguir ayudando a la gente que quiera aprender a bailar tango y colaborar para que el espacio de tango sea uno de encuentro donde la gente pueda disfrutar y conocer personas sin importar qué tan bien bailen”.