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Amadeo Mandarino: 30 años sin una de las voces que hizo bailar al tango

Este 12 de junio se cumplen 30 años del fallecimiento de Amadeo Mandarino, cantor de tango de extensa trayectoria que integró algunas de las formaciones más importantes de la música ciudadana y dejó una huella particular gracias a su estilo sobrio, su fraseo porteño y una carrera atravesada por la amistad y el reconocimiento de grandes figuras del género. Su paso por las orquestas de Osvaldo Pugliese, Aníbal Troilo y Manuel Buzón lo convirtió además en una de las voces que acompañaron el auge del tango bailable durante las décadas de 1930, 1940 y 1950.

Nacido en Buenos Aires en mayo de 1913, creció en el barrio del Abasto, una zona profundamente ligada a la historia del tango. La música formaba parte de su entorno familiar: su hermano Luis Esteban también fue cantor y compositor, mientras que Humberto Mandarino desarrolló una destacada trayectoria como bandoneonista. En ese contexto comenzó a forjarse el artista que, con apenas 17 años, debutó profesionalmente en Radio Splendid acompañado por guitarras.

Sus primeros pasos lo llevaron a actuar junto a la orquesta de Vicente Russo y posteriormente a perfeccionarse bajo la tutela del pianista y compositor Eduardo Pereyra. Más tarde integró el Cuarteto Melodía y desarrolló una intensa actividad radial, una plataforma fundamental para los intérpretes de la época. En junio de 1936 se incorporó a la orquesta de Manuel Buzón, una experiencia que contribuiría a consolidar su nombre dentro del ambiente tanguero.

Uno de los momentos más significativos de su carrera llegó en 1939, cuando fue convocado por Osvaldo Pugliese para participar del debut de la orquesta que el maestro presentó en el histórico café El Nacional de la calle Corrientes. Aquella invitación representó un reconocimiento importante para un cantor que ya comenzaba a ganar prestigio entre músicos y empresarios del circuito porteño.

Sin embargo, su paso más recordado se produjo al incorporarse a comienzos de 1940 a la orquesta de Aníbal Troilo. Allí compartió el puesto de cantor con Francisco Fiorentino, una de las voces emblemáticas de la agrupación. Aunque su permanencia se extendió durante casi dos años, las decisiones comerciales de la industria discográfica de la época limitaron su presencia en los estudios de grabación. Aun así, dejó un registro con la orquesta de Troilo que conserva un enorme valor histórico: el tango «Pájaro ciego», registrado el 28 de mayo de 1941 junto a Fiorentino. Con el paso del tiempo, esta interpretación se transformó en un testimonio fundamental para comprender aquella etapa de una de las orquestas más influyentes de la historia del tango.

Tras su salida de la formación de Troilo volvió a trabajar con Manuel Buzón, período en el que dejó grabaciones como «Al verla pasar», «Mano brava», «Jazmín Simón», «Música de organito», «Fueye» y el vals «Miedo». Aquellas interpretaciones acompañaron una etapa de gran popularidad del tango de salón y ayudaron a consolidar una forma de cantar especialmente apreciada por los bailarines por su claridad rítmica y expresiva. Posteriormente integró las agrupaciones de Alberto Soifer, Emilio Balcarce, Emilio Orlando y Cristóbal Herreros, manteniendo una presencia constante en radios, teatros y escenarios de Buenos Aires.

Desde mediados de la década de 1950 se radicó en Mar del Plata, ciudad donde desarrolló buena parte de su actividad artística posterior. Convertido en una figura habitual de la temporada costera, continuó actuando durante décadas y mantuvo vigencia en programas radiales, espectáculos y presentaciones especiales. Durante los meses de invierno también llevó su música a distintos escenarios del sur argentino y a la ciudad de Buenos Aires. Sus últimas apariciones en la capital incluyeron actuaciones en Canal 11 y en el histórico espacio tanguero El Viejo Almacén, de Edmundo Rivero.

Su último trabajo discográfico apareció en 1991 bajo el título A Pichuco y Fiorentino Eternos en mi recuerdo, un homenaje a dos de los artistas más importantes de su trayectoria. Cinco años después, el 12 de junio de 1996, Amadeo Mandarino falleció dejando detrás una carrera marcada por la elegancia interpretativa y el reconocimiento de sus pares.

A tres décadas de su partida, su nombre sigue ocupando un lugar especial en la memoria del tango. Dueño de una voz de barítono afinada y de un estilo alejado de los excesos, Mandarino representa a una generación de intérpretes que ayudó a construir la época dorada de la música ciudadana. Su legado permanece vivo en aquellas grabaciones que aún hoy permiten descubrir la sensibilidad y el carácter de un cantor que hizo de la amistad, la profesionalidad y el tango una forma de vida, y cuya voz continúa sonando en las pistas donde el abrazo milonguero mantiene vigente la tradición tanguera.

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