Entre cielitos, gatos, candombes y contradanzas, la música y el baile también formaron parte de la vida cotidiana en el Buenos Aires de 1810. Qué danzas se practicaban realmente durante la época revolucionaria y cuáles son los mitos históricos que todavía persisten en las celebraciones patrias.

Cada 25 de Mayo, la Argentina vuelve la mirada hacia 1810 para recordar la Revolución de Mayo y la conformación del Primer Gobierno Patrio. Pero además de las discusiones políticas y los acontecimientos históricos que marcaron el inicio del camino independentista, aquella época también estuvo atravesada por la música y la danza, expresiones culturales que reflejaban la diversidad social, étnica y popular del Río de la Plata. Detrás de las escarapelas, los actos escolares y las recreaciones patrióticas, existía un universo de bailes criollos, europeos y afrodescendientes que formaban parte de la vida cotidiana de la sociedad colonial.
Lejos de la imagen homogénea que muchas veces dejaron las representaciones escolares del siglo XX, el Buenos Aires de 1810 convivía con distintas tradiciones culturales. En los salones de las familias acomodadas predominaban danzas europeas como el minué, la contradanza, el vals, la alemanda o las boleras, heredadas de las modas españolas y francesas que circulaban entre la élite virreinal. Mientras tanto, en patios, pulperías y reuniones populares comenzaban a expandirse expresiones criollas que luego se convertirían en símbolos de la identidad folklórica argentina.
Entre esas danzas aparecía el cielito, considerado una de las formas coreográficas más representativas de la época revolucionaria. De raíz criolla y derivado de la contradanza europea adaptada al Río de la Plata, el cielito combinaba música, canto y figuras coreográficas grupales. Distintas fuentes especializadas en folklore argentino señalan que fue una de las primeras manifestaciones musicales vinculadas directamente al clima político y patriótico que acompañó las guerras de independencia.
También se practicaban el gato y el malambo. El gato, llegado desde Lima vía Chile y posteriormente expandido en el territorio rioplatense, se caracterizaba por el juego de galanteo entre las parejas, los desplazamientos ágiles y el uso del pañuelo como elemento expresivo. El malambo, en cambio, era una danza individual masculina asociada al ámbito rural y al lucimiento del zapateo, especialmente entre gauchos y trabajadores de las estancias. Más que una danza social, funcionaba como una demostración de destreza, resistencia y habilidad rítmica.
Otra presencia fundamental de la época era el candombe, practicado por las comunidades afrodescendientes que formaban una parte central de la población porteña de comienzos del siglo XIX. Sus reuniones, muchas veces llamadas “tambos” o “tangos”, términos que hacían referencia a reuniones, fiestas o bailes, incluían música de tambores, canto y danza colectiva. La participación afro en la vida cultural del período fue decisiva, aunque durante décadas quedó invisibilizada en numerosos relatos históricos tradicionales. Hoy, distintas investigaciones académicas y culturales recuperan esa dimensión para comprender de manera más completa el entramado social del Buenos Aires revolucionario.
El caso del pericón merece una aclaración especial. Aunque suele aparecer como la gran “danza patria” en actos escolares y celebraciones oficiales, el Pericón Nacional tal como se conoce actualmente corresponde a una reconstrucción y codificación posterior, desarrollada varias décadas después de 1810. En tiempos de la Revolución existían formas primitivas o antiguas vinculadas al cielito y al pericón temprano, pero no la versión coreográfica estandarizada que se popularizó más adelante con bastonero, figuras complejas y organización escénica definida.
Algo similar ocurre con el vestuario tradicional asociado al 25 de Mayo. Muchas de las imágenes que hoy forman parte del imaginario popular —como los peinetones enormes, las telas a lunares o ciertos vestidos ampulosos— pertenecen en realidad a décadas posteriores. Los especialistas en folklore histórico remarcan que buena parte de la estética utilizada en actos escolares responde más a una construcción simbólica nacional que a una reconstrucción exacta de la moda de 1810. Aun así, esos elementos terminaron consolidándose como parte del lenguaje visual con el que generaciones enteras aprendieron a representar la historia patria.
Con el paso del tiempo, otras danzas folklóricas como la chacarera o la zamba comenzaron a incorporarse a las celebraciones patrias contemporáneas, aunque no correspondan específicamente al contexto de Mayo de 1810. Su presencia actual refleja cómo la fecha fue ampliando su dimensión cultural hasta transformarse en una celebración de la identidad argentina en sentido más amplio.
Más de dos siglos después, el 25 de Mayo continúa encontrando en la danza una de sus expresiones culturales más potentes. Desde los cuadros folklóricos escolares hasta las peñas y festivales populares que se organizan cada año en distintos puntos del país, el movimiento sigue funcionando como una forma de memoria colectiva. Porque además de recordar un hecho político fundacional, las danzas también permiten reconstruir los gestos, sonidos y encuentros de una sociedad que comenzaba a imaginarse como nación.


