Con una carrera que atravesó el rock, el teatro y la música popular argentina, Daniel Melingo construyó desde fines de los años noventa una de las propuestas más originales del tango contemporáneo. Su fallecimiento, ocurrido el día de ayer a sus 68 años, deja un vacío en una escena que encontró en su voz, su poesía y su particular manera de interpretar el género una identidad inconfundible.

La música argentina perdió el 30 de junio de 2026 a una de sus figuras más singulares. Daniel Melingo falleció a los 68 años luego de atravesar una enfermedad respiratoria, dejando una trayectoria artística difícil de encasillar, marcada por la experimentación constante y una permanente búsqueda expresiva. Aunque alcanzó notoriedad durante la explosión del rock nacional de los años ochenta como integrante de Los Abuelos de la Nada y cofundador de Los Twist, fue en el tango donde encontró el lenguaje con el que construyó una de las obras más personales y originales de la música argentina contemporánea.
Nacido en el barrio porteño de Parque Patricios el 22 de octubre de 1957, Melingo creció rodeado de música. Su padrastro fue representante del histórico cantor Edmundo Rivero y su familia mantenía un fuerte vínculo con el tango y la música clásica. Estudió clarinete, guitarra, armonía y composición, una formación que le permitió moverse con naturalidad entre distintos géneros sin perder nunca una identidad propia.
Durante la década de 1980 se convirtió en una figura destacada del rock argentino. Integró la renovada formación de Los Abuelos de la Nada junto a Miguel Abuelo, Andrés Calamaro y Cachorro López, además de fundar Los Twist con Pipo Cipolatti, una de las bandas más representativas de la llamada «primavera democrática». También participó en proyectos junto a Charly García y desarrolló parte de su carrera en Brasil y España. Sin embargo, detrás de ese recorrido siempre permanecía latente una relación mucho más profunda con el universo tanguero.
El cambio comenzó a materializarse hacia fines de los años noventa. Lejos de entenderlo como un giro inesperado, el propio Melingo insistía en que el tango había formado parte de su vida desde la infancia y que, en realidad, no había abandonado el rock para acercarse al género, sino que estaba regresando a un territorio que siempre le había pertenecido. «Antes que del rock, vengo del tango», sostuvo en distintas entrevistas al recordar que su madre le cantaba tangos incluso antes de nacer.
Ese reencuentro quedó plasmado en Tangos Bajos (1998), el disco que marcó el inicio de una nueva etapa artística. A partir de allí comenzó a desarrollar un universo propio, alejado tanto del tango tradicional como de las propuestas más comerciales. Su voz áspera, casi teatral, el uso del lunfardo, la influencia de la literatura porteña y la construcción de personajes marginales dieron forma a una estética que pronto llamó la atención dentro y fuera del país.
Álbumes como Ufa, Santa Milonga, Maldito Tango, Corazón y Hueso, Linyera y Anda consolidaron una obra que dialogó permanentemente con los grandes poetas del género, entre ellos Enrique Cadícamo, Celedonio Flores, Dante A. Linyera, Julián Centeya y Carlos de la Púa. Un lugar central ocupó también el escritor y médico Luis Alposta, con quien desarrolló una extensa colaboración creativa que dio origen a decenas de composiciones.
Su manera de interpretar el tango rompía con numerosos convencionalismos. Más que cantar, Melingo parecía narrar historias. Cada frase, cada silencio y cada respiración contribuían a construir personajes inspirados en el arrabal, los cafés, el lunfardo y la vida de quienes habitan los márgenes de la ciudad. Esa combinación de actuación, poesía y música convirtió cada concierto en una experiencia escénica que trascendía el formato tradicional del recital.
Mientras en Argentina su propuesta generaba admiración y debate, fue Europa la que primero terminó de consagrarlo. Francia, España, Italia y el Reino Unido lo recibieron como uno de los grandes renovadores del tango del siglo XXI. La prensa internacional llegó a definirlo como uno de los artistas que había conseguido devolverle al género una nueva vitalidad, sin renunciar a su esencia porteña.
El reconocimiento también llegó en su país. En 2015 recibió el Premio Konex – Diploma al Mérito como uno de los cinco mejores cantantes de tango de la década, mientras que en 2017 obtuvo dos Premios Gardel por Anda, distinguido como Mejor Álbum de Tango Alternativo y por el videoclip de «En un bosque de la China». En los últimos años impulsó proyectos como La Típica Melingo y continuó presentándose en escenarios internacionales con una propuesta que combinaba tradición, experimentación y una fuerte impronta teatral.
Hasta poco antes de su muerte seguía plenamente activo. Trabajaba en Tangos Bajos (Rework), una nueva versión de la obra que había cambiado su carrera, con la participación de numerosos artistas invitados y una presentación prevista para septiembre de 2026. Paralelamente, desarrollaba un documental sobre las raíces africanas de la música popular argentina, el lanzamiento de su propio vino Malbec y otros proyectos vinculados a la música popular argentina.
La historia de Daniel Melingo demuestra que el tango continúa siendo un género capaz de transformarse sin perder identidad. Desde una mirada profundamente personal, logró ampliar sus límites, incorporar nuevas influencias y acercarlo a públicos que quizá nunca habían encontrado una puerta de entrada al universo tanguero. Su obra permanece como el testimonio de un artista que eligió habitar los márgenes para encontrar una voz absolutamente propia y que terminó convirtiéndose en una de las figuras fundamentales del tango contemporáneo.



