Nacido como León Zúcker y criado a pocos metros de la casa de Carlos Gardel, Roberto Beltrán construyó una sólida trayectoria junto a algunas de las orquestas más importantes de la época dorada del tango. A 55 años de su fallecimiento, su historia continúa siendo parte del patrimonio musical argentino.

El 2 de julio de 1971 fallecía en Buenos Aires Roberto Beltrán, uno de esos cantores que, sin ocupar siempre los primeros planos de la historia del tango, dejaron una marca profunda dentro de la época dorada del género. Hoy, al cumplirse 55 años de su muerte, su nombre vuelve a ocupar un lugar en la memoria tanguera gracias a una carrera que lo llevó a compartir escenario con algunas de las orquestas más prestigiosas del país y a convertirse en una voz respetada por colegas, músicos y aficionados.
Su verdadero nombre era León Zúcker —también registrado como Zuker— y nació el 17 de junio de 1916 en pleno centro porteño. Creció en el barrio del Abasto, sobre la cortada Zelaya, a escasos metros de la casa de Carlos Gardel, una cercanía que con el paso del tiempo adquiriría un inevitable valor simbólico para quien terminaría dedicando su vida al tango. Desde muy pequeño mostró inclinación por el canto: debutó con apenas nueve años en el Café Mitre y poco después también actuó en la tradicional Glorieta La Victoria, dos escenarios que marcaron sus primeros pasos artísticos. Durante su adolescencia alternó la pasión por la música con la práctica del boxeo, disciplina que compartía en un club de Almagro con el legendario Justo Suárez, «El Torito de Mataderos». Sin embargo, el tango terminó imponiéndose definitivamente sobre los guantes.
Con el apodo de «Leoncito», fue consolidando su presencia en distintos escenarios porteños hasta que el bandoneonista Enrique Alessio lo acercó a Osvaldo Pugliese. En 1938 debutó con la orquesta del maestro, donde permaneció durante un año. Fue también en esos años cuando, por sugerencia del poeta Celedonio Flores —quien le habría dicho que «si querés cantar tango no podés llamarte León ni Zúcker»— adoptó el nombre artístico de Roberto Beltrán, con el que desarrollaría el resto de su carrera. Tras su paso por la formación de Pugliese continuó su recorrido artístico junto a Juan Caló y, más adelante, con Tito Ribero, ampliando su experiencia dentro del circuito de las grandes orquestas típicas.
Después de esas etapas actuó junto al violinista Alberto Pugliese y posteriormente con Emilio Orlando, donde compartió los micrófonos de Radio El Mundo con otro futuro referente del género, Edmundo Rivero. Más tarde volvió a integrar distintas formaciones hasta incorporarse, en 1945, a la orquesta de Edgardo Donato, etapa considerada una de las más importantes de su trayectoria artística. Durante esos años participó de presentaciones radiales, actuaciones en salones de baile y realizó las dos grabaciones comerciales que quedaron como testimonio de su voz: los tangos «Portero, suba y diga» y «Demasiado tarde».
Precisamente, una de esas grabaciones refleja también el contexto político y cultural de la época. Cuando registró «Portero, suba y diga» en 1945, la letra original debió ser modificada para adaptarse a las normas de censura impuestas por el gobierno militar surgido en 1943, que prohibía la difusión radial de expresiones lunfardas y determinadas referencias consideradas inapropiadas. El episodio constituye uno de los numerosos ejemplos de las restricciones que atravesó el tango durante aquellos años.
Tras alejarse de Donato continuó desarrollando una intensa actividad como solista y también se desempeñó como cantor en un cuarteto dirigido por el bandoneonista Eduardo Rovira, una de las figuras que años más tarde revolucionaría el lenguaje del tango. Además, cantó junto a Ricardo Pedevilla y Roberto Dimas, regresó posteriormente a la orquesta de Donato y, en 1953, una denuncia anónima que lo acusaba de haber insultado la memoria de Eva Perón lo obligó a exiliarse en Brasil. Permaneció allí hasta 1956, cuando volvió a la Argentina y retomó su actividad acompañado al piano por Lucio Demare, para luego realizar nuevas presentaciones junto a Armando Lacava y Miguel Nijensohn.
Hermano mayor del recordado actor Marcos Zúcker, Roberto Beltrán representó el perfil del cantor profundamente ligado al ambiente porteño, a la radio y a las grandes orquestas típicas. Sin alcanzar la enorme popularidad de otras voces de su generación, construyó una carrera sostenida por la calidad interpretativa y el reconocimiento de sus pares, dejando registros discográficos que aún hoy forman parte del patrimonio histórico del tango.
A 55 años de su fallecimiento, su figura continúa asociada a una época irrepetible de la música ciudadana. Desde aquel niño que debutó con apenas nueve años en un café del Abasto hasta el cantor que compartió escenario con algunas de las principales orquestas del país, Roberto Beltrán fue uno de los tantos artistas que ayudaron a consolidar la identidad del tango argentino y cuyo legado permanece vivo en las grabaciones, las investigaciones históricas y la memoria de quienes siguen encontrando en esas voces el espíritu de una Buenos Aires que nunca dejó de cantar.


