Director musical de Bar Sur y del espectáculo de Carlos Gardel, pianista, arreglador y compositor, Lautaro Benavídez reflexiona sobre el presente del tango, el valor del trabajo colectivo, las dificultades de vivir de la música y el desafío de acercar el género a las nuevas generaciones sin perder su identidad.

Hay artistas cuya historia parece estar escrita desde la infancia. En el caso de Lautaro Benavídez, el tango llegó antes de cualquier decisión consciente. Mientras su padre trabajaba en una casa de tango, él pasaba muchas noches junto a su abuelo, quien acostumbraba escuchar programas radiales dedicados al género. «Sonaba tango a la noche en la radio y yo dormía con esa música. Me fascinaba, siempre me apasionó ese mundo desde chico. No me daba cuenta, pero hizo un montón para mí», recuerda. Aquellas noches terminaron marcando el comienzo de un camino que hoy lo encuentra como director musical de Bar Sur y del espectáculo de Carlos Gardel, además de desarrollar una intensa actividad como pianista, arreglador y compositor.
A la hora de hablar de sus influencias musicales no duda en señalar a Armando Cupo y Alberto Di Paulo como sus grandes referentes. Del primero admira una forma de tocar que define como el tango que más lo representa; del segundo, la profundidad de sus arreglos y su manera de sentir el género. A esa lista suma a numerosos pianistas de las tradicionales casas de tango, muchos de ellos menos conocidos para el gran público, pero fundamentales en su formación como Cacho Puerta, Cacho Queirolo o el Mono Olivera. «Yo aprendí mucho de ellos», asegura, reivindicando una escuela interpretativa que considera esencial para comprender la identidad musical del tango.
En un contexto donde conviven propuestas muy diversas, Benavídez evita las descalificaciones y apuesta por el respeto entre las distintas miradas artísticas. «El tango es para todos, no hay solamente una forma de hacerlo», sostiene. Sin embargo, también plantea un desafío que considera central para el futuro del género: «En el tango debe haber una búsqueda para llegar a las personas y que se enamoren del género como en la década dorada». Para él, esa búsqueda no implica abandonar la tradición, sino encontrar nuevas maneras de conectar con el público sin perder la esencia que convirtió al tango en un fenómeno cultural de alcance mundial «A todas les doy la oportunidad escuchando, luego lo valoro en función de mis gustos», sintetiza.
Su vínculo con el piano nunca estuvo en discusión. Aunque reconoce que el bandoneón también lo seduce, considera que el instrumento ocupa un lugar determinante dentro de cualquier orquesta. «El piano le da impronta a la orquesta y el ADN de cómo va a sonar todo. No es lo mismo si hay un pianista u otro, siempre cambia todo», explica. Incluso decidió aprender a bailar para experimentar el tango desde otra perspectiva y comprender mejor el universo de quienes lo interpretan con el cuerpo. Aquella experiencia, dice, le permitió descubrir otro punto de vista: «Yo feliz de la vida de haber estado durante mucho tiempo en ese lado de los bailarines, que es uno mágico».
La carrera también lo llevó a presentarse en escenarios de países como Estados Unidos y Corea del Sur. Allí encontró una valoración del tango muy fuerte. Recuerda el afecto del público, los saludos después de cada concierto e incluso las firmas de autógrafos como experiencias que todavía lo emocionan. «Afuera le dan mucha más importancia que acá. Era salir del escenario y que te agradezcan todo el tiempo por lo que hacés», afirma. Esa respuesta internacional reforzó su convicción de que el tango continúa despertando admiración en distintos rincones del mundo y de que los músicos actuales son apenas un engranaje de la máquina tanguera dentro de una historia construida por generaciones anteriores. Asimismo, también busca respuestas sobre el fenómeno que pasa en Argentina: «Uno a veces se pregunta el por qué de esa ignorancia hacia nuestra música. Acá se suele minimizar y dar por hecho».
Benavídez también se detiene en una problemática que atraviesa a muchos artistas: la escasa valoración que, en ocasiones, recibe el trabajo musical. Explica que detrás de una interpretación de pocos minutos existen años de estudio, preparación y ensayo que muchas veces pasan inadvertidos para quienes contratan espectáculos. «Con lo que a uno le gusta y con el trabajo se genera eso porque algunos lo toman como si fuera un hobby», reflexiona. El mayor probelma es al momento de ponerle precio a las presentaciones: «No es que estamos en una planilla cotizando cuánto vale cada hora de show como si fuera una empresa, pero negociar es muy difícil y en ocasiones hacerlo me da la sensación que el otro minimiza el valor al verlo fácil». Aun así, distingue la realidad que vive en Bar Sur, donde asegura sentirse comprendido por un equipo que conoce desde adentro las exigencias del oficio.
Como compositor, reconoce que suele encontrar la inspiración en la nostalgia. Entre todas sus obras destaca especialmente «Como Neptuno para Urano», una pieza instrumental que considera una síntesis de su identidad artística, y otra composición dedicada a un tío muy querido, nacida a partir de una carta personal que luego tomó forma musical. Ambas representan, según explica, algunos de los momentos más íntimos de su recorrido creativo.
No todas las experiencias fueron sencillas. De hecho, su primera actuación como pianista reemplazante en una casa de tango estuvo a punto de hacerlo abandonar su sueño. Los nervios del debut derivaron en una situación traumática cuando dos músicos decidieron retirarse del escenario en pleno espectáculo recriminando que con Lautaro no se podía tocar. «Me llegué a replantear si quería seguir tocando, si valía la pena seguir en este camino», recuerda. Con el paso de los años resignificó aquel episodio y lo transformó en una enseñanza sobre la empatía y el compañerismo, valores que hoy intenta transmitir cada vez que trabaja con músicos o comparte escenario con colegas para diferenciarse de esas personas que tan mal momento le hicieron pasar.
Esa historia adquiere un significado especial porque, tiempo después, Bar Sur terminó convirtiéndose en el lugar de su revancha ya que ahí fue donde tuvo esa primera experiencia negativa. Allí encontró no solo un espacio de crecimiento profesional, sino también una segunda casa. «Mi cuerpo necesita de las personas sentándose en Bar Sur a ver el show para que se vayan contentas y con una experiencia nueva cada noche», dice sobre el histórico escenario porteño, donde actualmente tiene la responsabilidad de dirigir la música. «Tenga el día que tenga, en esas dos horas arriba del escenario lo doy todo sin excusas», agrega.
Quizá esa mirada explique también su manera de entender el liderazgo. Para Benavídez, dirigir una orquesta está lejos de ejercer autoridad desde un pedestal. Significa escuchar, generar confianza y potenciar al grupo por encima de los egos individuales. «Lo más importante es tener empatía con los colegas, calmar los egos, especialmente el de uno mismo, y hacer que todo funcione en colectivo», resume.
Luego de un recorrido construido entre escenarios, giras, composiciones y aprendizajes, la palabra empatía condensa no solo su forma de dirigir una orquesta, sino también su manera de vivir el tango: una música que, para seguir creciendo, necesita del talento individual, pero sobre todo del encuentro entre quienes la hacen posible.



