Cada Día de la Independencia, la música y las danzas tradicionales vuelven a ocupar un lugar central en escuelas, peñas y festivales de todo el país. Aunque muchas de ellas se consolidaron décadas después de 1816, todas forman parte del patrimonio cultural que mantiene vivo el espíritu de una fecha fundacional para la Argentina.

Cada 9 de julio, la Argentina recuerda uno de los momentos más trascendentes de su historia: la declaración de la Independencia, proclamada en 1816 por el Congreso reunido en San Miguel de Tucumán. Aquel día, las Provincias Unidas del Río de la Plata decidieron romper definitivamente los vínculos políticos con la monarquía española y dar un paso decisivo hacia la construcción de un país soberano. Sin embargo, además de los actos oficiales y los relatos históricos, existe otra manera de mantener viva esa memoria: la danza.
Hoy resulta casi imposible imaginar una celebración del Día de la Independencia sin un escenario donde suenen chacareras, zambas, gatos o escondidos. Esas postales forman parte del paisaje habitual de escuelas, centros culturales, peñas y festivales populares. No obstante, los especialistas coinciden en señalar que muchas de esas danzas folklóricas adquirieron su forma definitiva varias décadas después de 1816. De hecho, el gran baile oficial que celebró la Declaración de la Independencia no tuvo lugar el mismo 9 de julio, sino en la noche del 10 de julio de 1816, cuando autoridades, congresales y militares participaron de una fiesta organizada en Tucumán. Los festejos populares continuaron durante los días posteriores con reuniones, bailes y juegos que acompañaron el nacimiento del nuevo Estado.
Entre las danzas más difundidas durante los primeros años del siglo XIX se encontraban el cielito, el pericón —en sus primeras versiones—, el cuándo, la media caña y el minué, este último heredado de los salones europeos. También circulaban la contradanza y otras expresiones llegadas desde España y Francia, que fueron adaptándose a las costumbres locales. A ellas se sumaban el malambo, característico por su virtuosismo y zapateo individual masculino, y el candombe, profundamente ligado a las celebraciones de la comunidad afrodescendiente del Río de la Plata. En las reuniones sociales de la época convivían los bailes de salón con las manifestaciones populares, en un proceso que más tarde daría origen a buena parte del folklore argentino.
El cielito ocupa un lugar especial dentro de esa historia. Más que un simple baile, fue también una forma musical utilizada para expresar ideas patrióticas durante las guerras por la Independencia. El poeta Bartolomé Hidalgo escribió numerosos «cielitos patrióticos», que circulaban entre soldados y pobladores exaltando la causa independentista. La danza, ejecutada por parejas sueltas y con figuras coreográficas sencillas, terminó convirtiéndose en una de las expresiones artísticas más representativas de aquellos años.
El pericón, por su parte, evolucionó con el paso del tiempo hasta transformarse en una de las danzas nacionales más emblemáticas. Su versión actual, conocida como pericón nacional, fue documentada hacia fines del siglo XIX por el cronista Ventura Lynch, popularizada en los escenarios por José Podestá y posteriormente sistematizada por investigadores del folklore. Sus primeras variantes, presentes durante las primeras décadas del país independiente, diferían de la coreografía que hoy se interpreta en los actos patrios, cuyos elementos simbólicos y coreográficos se consolidaron con el paso del tiempo.
Con el correr del siglo XIX, el repertorio folklórico argentino siguió enriqueciéndose con danzas como la zamba, la chacarera, el gato, el escondido, la huella y el chamamé; expresiones que hoy suelen identificarse inmediatamente con las fiestas patrias. Cada una posee características propias: la zamba se distingue por el diálogo amoroso que representan los pañuelos; la chacarera, por su energía y el zapateo; el gato, por su ritmo vivaz y sus figuras de galanteo. Aunque no formaron parte del Congreso de Tucumán, estas expresiones terminaron simbolizando la identidad cultural del país y se incorporaron naturalmente a las celebraciones del 9 de Julio.
El vestuario tradicional también contribuye a reconstruir ese imaginario nacional. Las amplias polleras, los pañuelos, los chiripás, los calzoncillos cribados, las botas de potro, los sombreros y los ponchos evocan el universo criollo de los primeros años del siglo XIX y su evolución posterior dentro de la cultura popular argentina. Del mismo modo, instrumentos como la guitarra, el bombo legüero y el violín acompañan melodías que transmiten costumbres, paisajes e historias de distintas regiones del país.
Más de dos siglos después de la Declaración de la Independencia, la danza continúa siendo una forma de celebrar la identidad argentina. Cada coreografía, cada pañuelo al viento y cada zapateo no solo recuperan una tradición artística, sino que también ayudan a mantener viva una memoria colectiva que trasciende los libros de historia. Porque el 9 de Julio no solo se recuerda con discursos y banderas: también se honra bailando, transmitiendo de generación en generación un patrimonio cultural que sigue uniendo pasado y presente.



