Desde que llegó a Buenos Aires en 1996, Walter Delgado construyó una trayectoria ligada al vestuario para el espectáculo y, especialmente, al tango. En diálogo con En Camarines, el diseñador repasa sus primeros pasos, la evolución de sus creaciones, el aprendizaje que encontró en la danza, sus experiencias internacionales, los reconocimientos recibidos y la particular relación que mantiene con las bailarinas que llevan sus vestidos.

Antes de que su nombre quedara asociado a los vestidos de tango, Walter Delgado trabajaba en un ámbito completamente diferente. Entre 1997 y 1998 se dedicaba al vestuario para espectáculos de drag queen cuando un encuentro fortuito terminó abriéndole las puertas del mundo tanguero. Un mozo que estaba en pareja con el bailarín y coreógrafo Leonardo Cuello le habló de su trabajo y Cuello envió a su compañera de baile, Verónica López, para que diseñara con él el vestido que utilizaría en Los pájaros perdidos. «Ahí fueron mis comienzos dentro del mundo del tango», recuerda.
La relación de Delgado con la costura, sin embargo, había comenzado mucho antes. Su madre era modista y él creció observándola trabajar. A los cinco años y medio aproximadamente tuvo su primera experiencia frente a una máquina de coser y las telas, aunque el resultado le costó un reto familiar. Para regalarle un pantalón a su sobrino Darío, tomó el único jean de su padre, descosió las costuras centrales y lo transformó en una pequeña prenda. «Eso me costó un reto importante», cuenta entre risas.
Cuando llegó desde el norte argentino a Buenos Aires en 1996, su objetivo era mucho más modesto: tener un local y dedicarse a confeccionar vestidos. El espectáculo, según explica, apareció sin que lo buscara. «El espectáculo me encontró, me eligió y acá estoy», sintetiza. Desde entonces, su trabajo fue creciendo a medida que también lo hacía su experiencia. Sus primeros diseños fueron dando paso a nuevas técnicas, mejores elecciones de materiales y una comprensión cada vez mayor de las necesidades de quienes los utilizan.
Para Delgado, diseñar un vestido de tango no consiste simplemente en pensar una prenda atractiva. El cuerpo y el movimiento son parte central del proceso. Por eso, distingue entre el vestuario de un espectáculo y el destinado a una competencia, donde además deben contemplarse las reglamentaciones correspondientes. «El diseño es en base al movimiento, la necesidad de lo que ellas quieren mostrar y para dónde lo quieren mostrar», explica. La música también ocupa un lugar determinante en el diseño según Walter: «No es lo mismo diseñar un vestuario para un show que para una competencia, donde hay que tener en cuenta muchas cosas por reglamento. El resto, no tenemos límite las chicas y yo, nos dejamos llevar por lo que la música nos pide».
Su propia experiencia corporal terminó modificando la manera de diseñar. Después de años de trabajar con la máquina de coser, comenzó a tomar clases de danza por una cuestión de dolores físicos. Una bailarina le propuso asistir a sus clases y aquella experiencia terminó cambiando su perspectiva profesional. Aprender a moverse le permitió comprender mejor los cuerpos, los desplazamientos y las exigencias que enfrenta un vestuario sobre el escenario. Actualmente toma clases de danza clásica, estiramiento y jazz, y también tuvo acercamientos al hip-hop, los ritmos urbanos y el tango.
Aunque asegura que le gustaría bailar, existe una paradoja que lo mantiene alejado de las pistas. Su lugar dentro del ambiente hace que, cuando intenta hacerlo, las bailarinas terminen hablando con él sobre vestidos. «No tengo la opción de intentarlo», bromea. Incluso cuenta entre risas que dejó de ir a las milongas: «He ido muchas veces a la milonga y me sucede siempre lo mismo, por lo que ya no voy más y tampoco bailo».
Los reconocimientos tampoco modificaron su manera de entender el oficio. Delgado recibió, entre otros, Premios Estrella de Mar, Premios Carlos y un Premio Hugo, pero asegura que no trabaja pensando en las distinciones. «No trabajo por un premio, trabajo para que las cosas salgan bien en el show», afirma. Prefiere permanecer detrás de escena antes que asistir a las ceremonias y recuerda con humor que uno de sus premios lo vio por televisión, sentado en su casa con su familia y comiendo una pizza.
Incluso, a pesar de que los premios no son de mayor relevancia para Walter, hay uno que debió ganar pero que el mérito de su trabajo se lo llevó otra persona. Por un viaje a Inglaterra, Delgado no le pudo hacer un diseño a Flavio Mendoza y este decidió recurrir a otro diseñador. «Cuando yo vuelvo de la gira, me lo encuentro a Flavio y me comentó lo mal que estaba todo. Me pidió si como amigo le podía dar una mano sin decir nada», recuerda. Dicho y hecho, Walter le diseñó en tiempo récord y el diseñador, por un trabajo que no fue suyo, se llevó el premio: «Los créditos de ese premio los recibió este chico pero bueno, es lo que yo arreglé y así fue».
Pero la mayor satisfacción no está necesariamente en los premios. Está en ver a las bailarinas sobre el escenario utilizando aquello que diseñó. La emoción convive con una preocupación permanente: mientras observa el espectáculo también está pendiente de que nada se enganche y de detectar posibles errores para corregirlos en el próximo vestido. «Me hace feliz y a la vez la sufro, es contradictorio pero así soy», reconoce.
Esa sensación se potencia cuando sus vestidos aparecen en bailarinas que alcanzaron títulos mundiales. Delgado considera que ver sus creaciones en el Mundial de Tango es incluso más gratificante que recibir un premio. Aunque el vestuario no es un aspecto que se juzgue específicamente en la competencia, para él hay una recompensa especial en comprobar que el público reconoce su estilo. Y allí aparece una de las características que, según cuenta, definieron su trabajo durante décadas: nunca colocar una etiqueta en sus trajes. «Soy un fanático de no poner etiqueta en mis trajes, ninguno nunca desde el 1996 tuvo y aún así la gente de cualquier parte de mundo sabe cuál es mi vestido», sostiene.
Entre todos los diseños que realizó, hay uno que ocupa un lugar especial: el primero, confeccionado para Melody Celatti. Delgado lo considera el vestido que le abrió la puerta al mundo internacional del tango y lo vincula directamente con la posibilidad de diseñar el vestuario de la gira de Japón de los campeones de 2008. Más allá de su importancia profesional, conserva un vínculo afectivo con esta bailarina, con quien mantiene amistad y continúa trabajando.
Después de casi tres décadas de trayectoria, todavía existe un escenario que Delgado considera pendiente: Broadway. Ese sueño, que alguna vez pudo parecer lejano, hoy lo encuentra con proyectos y posibles propuestas que podrían acercarlo a ese objetivo. «Tengo la capacidad artística y sé que lo voy a lograr, estoy convencido», afirma.
Desde aquel niño que transformó a escondidas el pantalón de su padre para hacerle un regalo a su sobrino hasta el vestuarista cuyos diseños son reconocidos dentro y fuera de la Argentina, la historia de Walter Delgado está atravesada por una misma idea: entender la ropa desde el movimiento. Sus vestidos no fueron concebidos como simples prendas para acompañar una coreografía, sino como parte de aquello que ocurre sobre el escenario. Quizás por eso, para él, el verdadero reconocimiento no está en una etiqueta ni en una estatuilla, sino en que una bailarina salga a bailar y que, aun sin firma visible, alguien pueda mirar el vestido y saber quién lo hizo.



