Criado entre milongas familiares en Mataderos, Roberto Zuccarino convirtió una pasión heredada en una forma de vida. Bailarín, productor, pianista y actual responsable de Cátulo Tango, repasa el camino que lo llevó a recorrer el mundo gracias al 2×4, reflexiona sobre el presente del género y recuerda el legado de su madre, Mónica Carranza, una figura clave en su historia personal.

Hay artistas cuya relación con el tango parece escrita desde el nacimiento. En el caso de Roberto Zuccarino, esa historia comenzó mucho antes de que imaginara recorrer escenarios internacionales. El barrio de Mataderos, las reuniones familiares y las milongas fueron el escenario donde dio sus primeros pasos dentro de un universo que, con los años, terminaría definiendo su vida. «Toda mi familia era muy tanguera. Mi abuelo tocaba el bandoneón, mi vieja milongueaba y bailaba un montón; así que desde los 4 o 5 años ya iba a bailar con ellos», recuerda. Ese contacto temprano no solo despertó una vocación artística, sino también un profundo sentido de pertenencia hacia una cultura que hoy continúa defendiendo desde distintos lugares.
Con varias décadas de trayectoria sobre la pista, Zuccarino observa con optimismo la transformación que atravesó el ambiente tanguero. A diferencia de los años en que comenzó a bailar, cuando predominaban las milongas barriales y familiares, hoy encuentra una escena mucho más diversa. «Hay una moda nueva donde tenemos muchos más jóvenes que se metieron en el tango y está buenísimo. Para mí ellos son los que nos dejan tranquilos de que el género va a seguir. Son el futuro», afirma. Si bien reconoce que algunas milongas adquirieron una dinámica más cercana a un boliche, con música más intensa y otro clima, destaca que los códigos tradicionales siguen vigentes, un aspecto que considera fundamental para preservar la esencia del baile.
Su vida personal también quedó atravesada por el tango. Su compañera, Aldana, además de bailarina, es la creadora de Mucho Tango Boutique, una marca especializada en indumentaria para bailarinas que hoy viste a reconocidas figuras del circuito internacional. La historia de ambos comenzó de una manera tan casual como representativa del ambiente tanguero: mientras Roberto dictaba clases particulares a un alumno francés, necesitaba una bailarina que, además, pudiera traducir el idioma. Aldana hablaba francés y aceptó colaborar. «De ahí empezamos a hablar y conocernos», resume.
Aunque el público lo identifica principalmente como bailarín, su recorrido profesional siempre fue mucho más amplio. Antes incluso de consolidarse en el tango trabajó en producción musical y fue productor artístico de Leader Music. Esa experiencia se trasladó naturalmente al universo del 2×4. Formó compañías, produjo espectáculos y organizó festivales hasta que llegó la oportunidad de asumir la conducción de Cátulo Tango, una de las tradicionales casas dedicadas al género en Buenos Aires. «Cuando me llegó la posibilidad de manejar Cátulo, considero que me encontró con mucha experiencia. Había organizado milongas durante diez años, el Argentina Tango Salón hace trece y muchos festivales en Argentina y Brasil. Llegó en el momento justo», explica.
Su carrera también estuvo marcada por los viajes. Gracias al tango conoció prácticamente toda la Argentina y países como Uruguay, Chile, Corea, Rusia y Brasil. Sin embargo, es este último destino el que ocupa un lugar especial en su memoria. «Cuando llegué por primera vez sentí que era uno de mis lugares en el mundo. Mis bisabuelos eran brasileños y, por una cuestión de raíces y cultura, siempre disfruto muchísimo volver», señala. Esa relación con Brasil también explica la consolidación del Argentina Tango Salón Festival Brasil, una extensión internacional del tradicional encuentro que organiza en el país desde hace trece años. Según cuenta, la iniciativa surgió cuando grupos de bailarines brasileños comenzaron a participar de las ediciones argentinas hasta que el crecimiento hizo natural trasladar el proyecto al país vecino. «En Brasil es una fiesta, con muchísima gente. Este año incluso sumamos una cena show. Es algo muy grande», destaca.
Entre los nombres que marcaron su vida hay uno que aparece una y otra vez: el de su madre, Mónica Carranza. Reconocida por su trabajo solidario y fundadora del Comedor «Los Carasucias», fue también quien le transmitió gran parte de los valores que hoy intenta sostener. «Mi vieja fue mi ejemplo a seguir. Mi pilar número uno. Ella me inculcó que lo que eligiera lo hiciera de la mejor manera y fue quien me acercó al tango. Cuando empecé a bailar me apoyó al ciento por ciento. Uno de sus valores era que lo que uno da, vuelve», recuerda con mucho cariño.
En paralelo al baile, Zuccarino nunca abandonó la música. Pianista y compositor, después de la pandemia volvió a fortalecer esa faceta artística componiendo para distintos intérpretes y participando en nuevos proyectos. Actualmente integra la producción de La Auténtica Milonguera, dirigida por Pablo Valle, y forma parte de «La Mucho Tango» como pianista junto a Pedro Farías y Ramiro Pérez Caricchio. «Todo eso me llena la parte artística y me encanta», resume.
A la hora de mirar hacia atrás, el balance parece atravesado por la gratitud. Si pudiera conversar con aquel adolescente de Mataderos que soñaba con abrirse camino en el tango, sabe exactamente qué le diría. «Soy alguien que vino de muy abajo, de Mataderos, y nunca me imaginé que iba a recorrer el mundo o tener la posibilidad de conocer gente tan importante y nunca perder la esencia. Creo que le diría que disfrute cada momento, que la vida son momentos y que todo lo que soñé se me dio. Así que le diría que siga siempre detrás de sus sueños que se le va a dar.»
Esa frase resume buena parte de una trayectoria construida con trabajo, constancia y una profunda identidad tanguera. Desde las primeras milongas familiares hasta la dirección artística de una casa de tango, pasando por escenarios de distintos continentes, Roberto Zuccarino sigue demostrando que el tango puede ser tradición y futuro al mismo tiempo. Y mientras nuevas generaciones se suman a las pistas de baile, él continúa convencido de que el género mantiene intacta su capacidad para emocionar, reunir personas y seguir escribiendo nuevas historias.



