Bailarina, coreógrafa y una de las referentes de una nueva generación del tango escénico, Rocío García Liendo construyó junto a Juan Pablo Bulich una trayectoria que combina competencia, espectáculos, giras internacionales y una búsqueda permanente por ampliar las posibilidades del género. En diálogo con En Camarines, repasa sus comienzos, la evolución de la escena tanguera, el impacto de “Gricel”, los proyectos “Black Tango” y “Diamond Tango” y una carrera que, según reconoce, ni siquiera su versión de adolescente hubiera imaginado.

El tango llegó a la vida de Rocío García Liendo desde un lugar inesperado. No hubo una tradición familiar vinculada con la música ni con la danza y, según recuerda, tampoco era un género que se escuchara habitualmente en su casa. Su primer acercamiento estuvo relacionado con las salidas familiares a espectáculos y obras, donde comenzó a observar las parejas, el movimiento y el vestuario. Antes de comprender el tango desde la música, lo descubrió desde el cuerpo. «Mi primer acercamiento con el tango tiene más que ver con la danza que con la música», explica.
Aquellas primeras imágenes terminaron convirtiéndose en una vocación. Con el tiempo, sus referentes también fueron cambiando. Más que quedarse únicamente con nombres musicales, García Liendo destaca a bailarines con una identidad definida, capaces de transmitir sin necesitar demasiados recursos. Fueron precisamente esas parejas que observaba desde la danza las que terminaron acercándola cada vez más al universo tanguero.
Su mirada sobre el género también está atravesada por los cambios que experimentó la escena durante las últimas décadas. García Liendo considera que el tango se transformó en la manera de bailarse, consumirse, comunicarse y vivirse, pero también en relación con las modificaciones sociales y culturales. Entre esos cambios menciona una mayor diversidad en las formas de bailar: hoy es más habitual encontrar parejas integradas por dos mujeres o dos hombres. Para ella, esa transformación no implica perder la identidad del género, sino todo lo contrario. «El tango va cambiando con los cambios que hay en la sociedad», sostiene. Toda su concepción acerca del tema lo resume en una frase: «Pasan las generaciones, los cambios aparecen y el tango siempre conserva la misma esencia; eso es lo más valioso».
En ese recorrido ocupa un lugar central Juan Pablo Bulich, su compañero artístico desde hace aproximadamente dos décadas. Ambos se conocieron cuando estudiaban en la escuela Carlos Copello y formaban parte de su ballet. García Liendo tenía alrededor de 21 años y Bulich había llegado desde Junín para estudiar. La coincidencia de intereses y objetivos artísticos fue construyendo progresivamente una pareja que no se limitó al aspecto técnico. La amistad, el vínculo emocional y los proyectos compartidos terminaron consolidando una identidad propia. La Universidad Nacional de las Artes también registra la trayectoria conjunta de ambos y su condición de subcampeones mundiales de Tango Escenario en 2015.
Dentro de esa historia, «Gricel» representó un punto de inflexión. Para García Liendo, el espectáculo significó «un antes y un después» porque les permitió consolidar una identidad artística y encontrar una manera propia de narrar. La dupla entiende el tango no simplemente como una sucesión de pasos o una demostración técnica, sino como una herramienta para contar historias. El proyecto, además, les otorgó una importante visibilidad y funcionó como un espacio para profundizar esa búsqueda.
El Mundial de Tango también forma parte de ese camino, aunque García Liendo procura ubicar la competencia en su justa dimensión. El deseo de ganar, admite, siempre estuvo y continúa presente. Su carácter autoexigente la lleva a buscar constantemente una superación técnica y artística, y reconoce que le gustaría volver a participar para ponerse nuevamente a prueba. Sin embargo, considera que el Mundial no define su identidad como artista. «Es una pantalla y es un lugar que te da mucha visibilidad para que el mundo te conozca», explica. Su trayectoria competitiva incluye, entre otros resultados, el subcampeonato de Tango Escenario obtenido junto a Bulich en 2015.
La búsqueda de nuevos lenguajes llevó a la pareja hacia el teatro inmersivo. Antes de «Diamond Tango» estuvo «Black Tango», una experiencia que buscó colocar al espectador dentro de un universo narrativo en lugar de limitarlo al papel tradicional de observador. García Liendo recuerda que querían que el público sintiera que estaba «dentro de una película» y que pudiera convivir con el tango y otros lenguajes artísticos. La propuesta contó con García Liendo y Bulich como bailarines principales y directores generales y artísticos junto a Nicolás Chávez. El proyecto fue un desafío creativo y de producción que, una vez terminado, dejó un balance positivo para sus responsables: «Eso para nosotros es muy gratificante al ser un proyecto muy personal y creativo.»
Para Rocío, el recibimiento del público terminó confirmando el valor de una apuesta que también implicaba incertidumbre. «Nosotros vamos por lo que nos gusta y por lo que sentimos que queremos contar», explica. El proyecto, agrega, todavía tiene posibilidades de seguir creciendo, algo que refleja una constante en su carrera: la búsqueda de nuevas maneras de contar desde el tango sin abandonar aquello que considera esencial del género.
«Diamond Tango» continuó esa línea, pero desde otra concepción temporal. La idea surgió de las ganas de crear algo diferente y con identidad propia: imaginar un universo paralelo ambientado en el siglo XIX, una época anterior a la existencia del tango, y combinarla con músicas que históricamente no convivieron. La propuesta fue concebida y dirigida por García Liendo y Bulich y combina tango, jazz, pop, burlesque y poesía dentro de una ficción ambientada en una fiesta de la aristocracia europea: «El resultado nos gratifica muchísimo, sobre todo por habernos animado a producir y hacer algo diferente dentro del tango.»
Las giras internacionales aportaron otra dimensión a ese recorrido. Después de haber bailado en distintos países, García Liendo asegura que no puede elegir una sola experiencia como favorita. Algunas quedaron asociadas a los lugares, otras a los escenarios o a las personas encontradas en el camino. Lo que sí permanece como denominador común es la capacidad del arte para establecer vínculos incluso cuando no existe un idioma compartido. Recuerda especialmente el recibimiento que tuvo en China como ejemplo de esa posibilidad: viajar miles de kilómetros y encontrarse con un público capaz de conectar con aquello que se expresa a través del cuerpo.
Mirar hacia atrás también implica imaginar qué pensaría aquella Rocío de 15 años frente a todo lo que terminó sucediendo. La respuesta parece difícil de imaginar incluso para ella: probablemente no creería que iba a recorrer el mundo bailando, emocionar a otras personas y vivir de aquello que ama. Aunque no es difícil creérle cuando uno descubre que Rocío empezó a bailar de más grande, en sus 20′ y 30′. García Liendo cuenta que siempre fue muy tímida y que ni siquiera se animaba a participar de los actos escolares. Sin embargo, también reconoce una característica que sí acompañó a aquella adolescente hasta el presente: la perseverancia.
«Le diría que no todo va a salir como ella espera, pero que siga siendo igual de perseverante que fue toda su vida», afirma. En esa frase aparece quizás la síntesis más clara de su recorrido: una bailarina que comenzó a acercarse al tango observando desde afuera, que terminó construyendo junto a su compañero una identidad artística inconfundibe y que encontró en el movimiento una forma de atravesar incluso aquello que alguna vez pareció una limitación. El tango, para Rocío García Liendo, puede cambiar, incorporar nuevas miradas y dialogar con otros lenguajes, pero conserva algo que permanece: la posibilidad de contar una historia y llegar, sin necesidad de palabras, hasta quien está del otro lado.



