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Lautaro Benavídez: “En el tango debe haber una búsqueda para llegar a las personas y que se enamoren del género como en la década dorada”

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Director musical de Bar Sur y del espectáculo de Carlos Gardel, pianista, arreglador y compositor, Lautaro Benavídez reflexiona sobre el presente del tango, el valor del trabajo colectivo, las dificultades de vivir de la música y el desafío de acercar el género a las nuevas generaciones sin perder su identidad.

Lautaro Benavídez en el piano

Hay artistas cuya historia parece estar escrita desde la infancia. En el caso de Lautaro Benavídez, el tango llegó antes de cualquier decisión consciente. Mientras su padre trabajaba en una casa de tango, él pasaba muchas noches junto a su abuelo, quien acostumbraba escuchar programas radiales dedicados al género. «Sonaba tango a la noche en la radio y yo dormía con esa música. Me fascinaba, siempre me apasionó ese mundo desde chico. No me daba cuenta, pero hizo un montón para mí», recuerda. Aquellas noches terminaron marcando el comienzo de un camino que hoy lo encuentra como director musical de Bar Sur y del espectáculo de Carlos Gardel, además de desarrollar una intensa actividad como pianista, arreglador y compositor.

A la hora de hablar de sus influencias musicales no duda en señalar a Armando Cupo y Alberto Di Paulo como sus grandes referentes. Del primero admira una forma de tocar que define como el tango que más lo representa; del segundo, la profundidad de sus arreglos y su manera de sentir el género. A esa lista suma a numerosos pianistas de las tradicionales casas de tango, muchos de ellos menos conocidos para el gran público, pero fundamentales en su formación como Cacho Puerta, Cacho Queirolo o el Mono Olivera. «Yo aprendí mucho de ellos», asegura, reivindicando una escuela interpretativa que considera esencial para comprender la identidad musical del tango.

En un contexto donde conviven propuestas muy diversas, Benavídez evita las descalificaciones y apuesta por el respeto entre las distintas miradas artísticas. «El tango es para todos, no hay solamente una forma de hacerlo», sostiene. Sin embargo, también plantea un desafío que considera central para el futuro del género: «En el tango debe haber una búsqueda para llegar a las personas y que se enamoren del género como en la década dorada». Para él, esa búsqueda no implica abandonar la tradición, sino encontrar nuevas maneras de conectar con el público sin perder la esencia que convirtió al tango en un fenómeno cultural de alcance mundial «A todas les doy la oportunidad escuchando, luego lo valoro en función de mis gustos», sintetiza.

Su vínculo con el piano nunca estuvo en discusión. Aunque reconoce que el bandoneón también lo seduce, considera que el instrumento ocupa un lugar determinante dentro de cualquier orquesta. «El piano le da impronta a la orquesta y el ADN de cómo va a sonar todo. No es lo mismo si hay un pianista u otro, siempre cambia todo», explica. Incluso decidió aprender a bailar para experimentar el tango desde otra perspectiva y comprender mejor el universo de quienes lo interpretan con el cuerpo. Aquella experiencia, dice, le permitió descubrir otro punto de vista: «Yo feliz de la vida de haber estado durante mucho tiempo en ese lado de los bailarines, que es uno mágico».

La carrera también lo llevó a presentarse en escenarios de países como Estados Unidos y Corea del Sur. Allí encontró una valoración del tango muy fuerte. Recuerda el afecto del público, los saludos después de cada concierto e incluso las firmas de autógrafos como experiencias que todavía lo emocionan. «Afuera le dan mucha más importancia que acá. Era salir del escenario y que te agradezcan todo el tiempo por lo que hacés», afirma. Esa respuesta internacional reforzó su convicción de que el tango continúa despertando admiración en distintos rincones del mundo y de que los músicos actuales son apenas un engranaje de la máquina tanguera dentro de una historia construida por generaciones anteriores. Asimismo, también busca respuestas sobre el fenómeno que pasa en Argentina: «Uno a veces se pregunta el por qué de esa ignorancia hacia nuestra música. Acá se suele minimizar y dar por hecho».

Benavídez también se detiene en una problemática que atraviesa a muchos artistas: la escasa valoración que, en ocasiones, recibe el trabajo musical. Explica que detrás de una interpretación de pocos minutos existen años de estudio, preparación y ensayo que muchas veces pasan inadvertidos para quienes contratan espectáculos. «Con lo que a uno le gusta y con el trabajo se genera eso porque algunos lo toman como si fuera un hobby», reflexiona. El mayor probelma es al momento de ponerle precio a las presentaciones: «No es que estamos en una planilla cotizando cuánto vale cada hora de show como si fuera una empresa, pero negociar es muy difícil y en ocasiones hacerlo me da la sensación que el otro minimiza el valor al verlo fácil». Aun así, distingue la realidad que vive en Bar Sur, donde asegura sentirse comprendido por un equipo que conoce desde adentro las exigencias del oficio.

Como compositor, reconoce que suele encontrar la inspiración en la nostalgia. Entre todas sus obras destaca especialmente «Como Neptuno para Urano», una pieza instrumental que considera una síntesis de su identidad artística, y otra composición dedicada a un tío muy querido, nacida a partir de una carta personal que luego tomó forma musical. Ambas representan, según explica, algunos de los momentos más íntimos de su recorrido creativo.

No todas las experiencias fueron sencillas. De hecho, su primera actuación como pianista reemplazante en una casa de tango estuvo a punto de hacerlo abandonar su sueño. Los nervios del debut derivaron en una situación traumática cuando dos músicos decidieron retirarse del escenario en pleno espectáculo recriminando que con Lautaro no se podía tocar. «Me llegué a replantear si quería seguir tocando, si valía la pena seguir en este camino», recuerda. Con el paso de los años resignificó aquel episodio y lo transformó en una enseñanza sobre la empatía y el compañerismo, valores que hoy intenta transmitir cada vez que trabaja con músicos o comparte escenario con colegas para diferenciarse de esas personas que tan mal momento le hicieron pasar.

Esa historia adquiere un significado especial porque, tiempo después, Bar Sur terminó convirtiéndose en el lugar de su revancha ya que ahí fue donde tuvo esa primera experiencia negativa. Allí encontró no solo un espacio de crecimiento profesional, sino también una segunda casa. «Mi cuerpo necesita de las personas sentándose en Bar Sur a ver el show para que se vayan contentas y con una experiencia nueva cada noche», dice sobre el histórico escenario porteño, donde actualmente tiene la responsabilidad de dirigir la música. «Tenga el día que tenga, en esas dos horas arriba del escenario lo doy todo sin excusas», agrega.

Quizá esa mirada explique también su manera de entender el liderazgo. Para Benavídez, dirigir una orquesta está lejos de ejercer autoridad desde un pedestal. Significa escuchar, generar confianza y potenciar al grupo por encima de los egos individuales. «Lo más importante es tener empatía con los colegas, calmar los egos, especialmente el de uno mismo, y hacer que todo funcione en colectivo», resume.

Luego de un recorrido construido entre escenarios, giras, composiciones y aprendizajes, la palabra empatía condensa no solo su forma de dirigir una orquesta, sino también su manera de vivir el tango: una música que, para seguir creciendo, necesita del talento individual, pero sobre todo del encuentro entre quienes la hacen posible.

Roberto Beltrán: 55 años sin la voz del Abasto que marcó al tango

Nacido como León Zúcker y criado a pocos metros de la casa de Carlos Gardel, Roberto Beltrán construyó una sólida trayectoria junto a algunas de las orquestas más importantes de la época dorada del tango. A 55 años de su fallecimiento, su historia continúa siendo parte del patrimonio musical argentino.

Roberto Beltrán

El 2 de julio de 1971 fallecía en Buenos Aires Roberto Beltrán, uno de esos cantores que, sin ocupar siempre los primeros planos de la historia del tango, dejaron una marca profunda dentro de la época dorada del género. Hoy, al cumplirse 55 años de su muerte, su nombre vuelve a ocupar un lugar en la memoria tanguera gracias a una carrera que lo llevó a compartir escenario con algunas de las orquestas más prestigiosas del país y a convertirse en una voz respetada por colegas, músicos y aficionados.

Su verdadero nombre era León Zúcker —también registrado como Zuker— y nació el 17 de junio de 1916 en pleno centro porteño. Creció en el barrio del Abasto, sobre la cortada Zelaya, a escasos metros de la casa de Carlos Gardel, una cercanía que con el paso del tiempo adquiriría un inevitable valor simbólico para quien terminaría dedicando su vida al tango. Desde muy pequeño mostró inclinación por el canto: debutó con apenas nueve años en el Café Mitre y poco después también actuó en la tradicional Glorieta La Victoria, dos escenarios que marcaron sus primeros pasos artísticos. Durante su adolescencia alternó la pasión por la música con la práctica del boxeo, disciplina que compartía en un club de Almagro con el legendario Justo Suárez, «El Torito de Mataderos». Sin embargo, el tango terminó imponiéndose definitivamente sobre los guantes.

Con el apodo de «Leoncito», fue consolidando su presencia en distintos escenarios porteños hasta que el bandoneonista Enrique Alessio lo acercó a Osvaldo Pugliese. En 1938 debutó con la orquesta del maestro, donde permaneció durante un año. Fue también en esos años cuando, por sugerencia del poeta Celedonio Flores —quien le habría dicho que «si querés cantar tango no podés llamarte León ni Zúcker»— adoptó el nombre artístico de Roberto Beltrán, con el que desarrollaría el resto de su carrera. Tras su paso por la formación de Pugliese continuó su recorrido artístico junto a Juan Caló y, más adelante, con Tito Ribero, ampliando su experiencia dentro del circuito de las grandes orquestas típicas.

Después de esas etapas actuó junto al violinista Alberto Pugliese y posteriormente con Emilio Orlando, donde compartió los micrófonos de Radio El Mundo con otro futuro referente del género, Edmundo Rivero. Más tarde volvió a integrar distintas formaciones hasta incorporarse, en 1945, a la orquesta de Edgardo Donato, etapa considerada una de las más importantes de su trayectoria artística. Durante esos años participó de presentaciones radiales, actuaciones en salones de baile y realizó las dos grabaciones comerciales que quedaron como testimonio de su voz: los tangos «Portero, suba y diga» y «Demasiado tarde».

Precisamente, una de esas grabaciones refleja también el contexto político y cultural de la época. Cuando registró «Portero, suba y diga» en 1945, la letra original debió ser modificada para adaptarse a las normas de censura impuestas por el gobierno militar surgido en 1943, que prohibía la difusión radial de expresiones lunfardas y determinadas referencias consideradas inapropiadas. El episodio constituye uno de los numerosos ejemplos de las restricciones que atravesó el tango durante aquellos años.

Tras alejarse de Donato continuó desarrollando una intensa actividad como solista y también se desempeñó como cantor en un cuarteto dirigido por el bandoneonista Eduardo Rovira, una de las figuras que años más tarde revolucionaría el lenguaje del tango. Además, cantó junto a Ricardo Pedevilla y Roberto Dimas, regresó posteriormente a la orquesta de Donato y, en 1953, una denuncia anónima que lo acusaba de haber insultado la memoria de Eva Perón lo obligó a exiliarse en Brasil. Permaneció allí hasta 1956, cuando volvió a la Argentina y retomó su actividad acompañado al piano por Lucio Demare, para luego realizar nuevas presentaciones junto a Armando Lacava y Miguel Nijensohn.

Hermano mayor del recordado actor Marcos Zúcker, Roberto Beltrán representó el perfil del cantor profundamente ligado al ambiente porteño, a la radio y a las grandes orquestas típicas. Sin alcanzar la enorme popularidad de otras voces de su generación, construyó una carrera sostenida por la calidad interpretativa y el reconocimiento de sus pares, dejando registros discográficos que aún hoy forman parte del patrimonio histórico del tango.

A 55 años de su fallecimiento, su figura continúa asociada a una época irrepetible de la música ciudadana. Desde aquel niño que debutó con apenas nueve años en un café del Abasto hasta el cantor que compartió escenario con algunas de las principales orquestas del país, Roberto Beltrán fue uno de los tantos artistas que ayudaron a consolidar la identidad del tango argentino y cuyo legado permanece vivo en las grabaciones, las investigaciones históricas y la memoria de quienes siguen encontrando en esas voces el espíritu de una Buenos Aires que nunca dejó de cantar.

Daniel Melingo: el artista que encontró en el tango un territorio para reinventarse

Con una carrera que atravesó el rock, el teatro y la música popular argentina, Daniel Melingo construyó desde fines de los años noventa una de las propuestas más originales del tango contemporáneo. Su fallecimiento, ocurrido el día de ayer a sus 68 años, deja un vacío en una escena que encontró en su voz, su poesía y su particular manera de interpretar el género una identidad inconfundible.

Daniel Melingo

La música argentina perdió el 30 de junio de 2026 a una de sus figuras más singulares. Daniel Melingo falleció a los 68 años luego de atravesar una enfermedad respiratoria, dejando una trayectoria artística difícil de encasillar, marcada por la experimentación constante y una permanente búsqueda expresiva. Aunque alcanzó notoriedad durante la explosión del rock nacional de los años ochenta como integrante de Los Abuelos de la Nada y cofundador de Los Twist, fue en el tango donde encontró el lenguaje con el que construyó una de las obras más personales y originales de la música argentina contemporánea.

Nacido en el barrio porteño de Parque Patricios el 22 de octubre de 1957, Melingo creció rodeado de música. Su padrastro fue representante del histórico cantor Edmundo Rivero y su familia mantenía un fuerte vínculo con el tango y la música clásica. Estudió clarinete, guitarra, armonía y composición, una formación que le permitió moverse con naturalidad entre distintos géneros sin perder nunca una identidad propia.

Durante la década de 1980 se convirtió en una figura destacada del rock argentino. Integró la renovada formación de Los Abuelos de la Nada junto a Miguel Abuelo, Andrés Calamaro y Cachorro López, además de fundar Los Twist con Pipo Cipolatti, una de las bandas más representativas de la llamada «primavera democrática». También participó en proyectos junto a Charly García y desarrolló parte de su carrera en Brasil y España. Sin embargo, detrás de ese recorrido siempre permanecía latente una relación mucho más profunda con el universo tanguero.

El cambio comenzó a materializarse hacia fines de los años noventa. Lejos de entenderlo como un giro inesperado, el propio Melingo insistía en que el tango había formado parte de su vida desde la infancia y que, en realidad, no había abandonado el rock para acercarse al género, sino que estaba regresando a un territorio que siempre le había pertenecido. «Antes que del rock, vengo del tango», sostuvo en distintas entrevistas al recordar que su madre le cantaba tangos incluso antes de nacer.

Ese reencuentro quedó plasmado en Tangos Bajos (1998), el disco que marcó el inicio de una nueva etapa artística. A partir de allí comenzó a desarrollar un universo propio, alejado tanto del tango tradicional como de las propuestas más comerciales. Su voz áspera, casi teatral, el uso del lunfardo, la influencia de la literatura porteña y la construcción de personajes marginales dieron forma a una estética que pronto llamó la atención dentro y fuera del país.

Álbumes como Ufa, Santa Milonga, Maldito Tango, Corazón y Hueso, Linyera y Anda consolidaron una obra que dialogó permanentemente con los grandes poetas del género, entre ellos Enrique Cadícamo, Celedonio Flores, Dante A. Linyera, Julián Centeya y Carlos de la Púa. Un lugar central ocupó también el escritor y médico Luis Alposta, con quien desarrolló una extensa colaboración creativa que dio origen a decenas de composiciones.

Su manera de interpretar el tango rompía con numerosos convencionalismos. Más que cantar, Melingo parecía narrar historias. Cada frase, cada silencio y cada respiración contribuían a construir personajes inspirados en el arrabal, los cafés, el lunfardo y la vida de quienes habitan los márgenes de la ciudad. Esa combinación de actuación, poesía y música convirtió cada concierto en una experiencia escénica que trascendía el formato tradicional del recital.

Mientras en Argentina su propuesta generaba admiración y debate, fue Europa la que primero terminó de consagrarlo. Francia, España, Italia y el Reino Unido lo recibieron como uno de los grandes renovadores del tango del siglo XXI. La prensa internacional llegó a definirlo como uno de los artistas que había conseguido devolverle al género una nueva vitalidad, sin renunciar a su esencia porteña.

El reconocimiento también llegó en su país. En 2015 recibió el Premio Konex – Diploma al Mérito como uno de los cinco mejores cantantes de tango de la década, mientras que en 2017 obtuvo dos Premios Gardel por Anda, distinguido como Mejor Álbum de Tango Alternativo y por el videoclip de «En un bosque de la China». En los últimos años impulsó proyectos como La Típica Melingo y continuó presentándose en escenarios internacionales con una propuesta que combinaba tradición, experimentación y una fuerte impronta teatral.

Hasta poco antes de su muerte seguía plenamente activo. Trabajaba en Tangos Bajos (Rework), una nueva versión de la obra que había cambiado su carrera, con la participación de numerosos artistas invitados y una presentación prevista para septiembre de 2026. Paralelamente, desarrollaba un documental sobre las raíces africanas de la música popular argentina, el lanzamiento de su propio vino Malbec y otros proyectos vinculados a la música popular argentina.

La historia de Daniel Melingo demuestra que el tango continúa siendo un género capaz de transformarse sin perder identidad. Desde una mirada profundamente personal, logró ampliar sus límites, incorporar nuevas influencias y acercarlo a públicos que quizá nunca habían encontrado una puerta de entrada al universo tanguero. Su obra permanece como el testimonio de un artista que eligió habitar los márgenes para encontrar una voz absolutamente propia y que terminó convirtiéndose en una de las figuras fundamentales del tango contemporáneo.

Lucas Páez: “Hay bailarines de escenario que no tienen contacto con el tango social y eso me parece pésimo”

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Con más de dos décadas de trayectoria, experiencia internacional, participación como jurado del Mundial de Tango BA y una marcada vocación docente, Lucas Páez reflexiona sobre la evolución de la danza, la importancia de la milonga como núcleo del género y los desafíos de transmitir el tango a las nuevas generaciones.

Lucas Páez

Para Lucas Páez, el tango no comenzó en una academia ni sobre un escenario. Empezó en su casa. Entre discos y radios encendidas, el género se convirtió en parte natural de su vida desde la infancia. «Tenía 3 o 4 años y escuchaba tango en la radio con mi familia», recuerda. Su padre y sus tíos lo escuchaban, sus abuelos lo bailaban; casi todos estaban atravesados por el tango. Aquellos primeros años también estuvieron marcados por programas emblemáticos como «Grandes Valores del Tango» y por las visitas de su padre a una milonga muy conocida que se llamaba “El Club Almagro” en la década del 90, experiencias que terminaron de despertar una pasión que continúa vigente hasta hoy.

A lo largo de su carrera encontró inspiración en algunos de los nombres más importantes de la danza tanguera. Juan Carlos Copes, Miguel Ángel Zotto, Osvaldo Zotto, Mingo Pugliese, Antonio Todaro, Gabriel Angió y Roberto Herrera integran la lista de referentes que marcaron su formación. Con varios de ellos, incluso, tuvo la posibilidad de estudiar personalmente, algo que Lucas describe como una suerte.

Sin embargo, cuando analiza el presente de la actividad, Páez observa transformaciones que le generan preocupación. Según explica, años atrás el tango de pista constituía el punto de partida natural para quienes aspiraban a desarrollar una carrera escénica. Hoy, en cambio, percibe que muchos bailarines comienzan directamente por el tango escenario sin atravesar la experiencia del tango social. Y ante este panorama, Lucas es muy contundente: “Hay bailarines de escenario que no tienen contacto con el tango social y eso me parece pésimo”. Para él, esa situación desvirtúa la esencia del género porque lo aleja del abrazo, la marca, la caminata y la conexión humana que históricamente definieron a la danza. “El abrazo es muy simbólico”, sostiene, y advierte que convertir el tango únicamente en una mecánica de movimientos implica perder buena parte de su contenido emocional y cultural.

La docencia ocupa un lugar igualmente central en su recorrido. Lejos de verla como una actividad secundaria respecto al baile, considera que exige capacidades completamente diferentes. Cuenta que desde muy joven compañeros y bailarines con más experiencia le consultaban cuestiones técnicas y pedagógicas, algo que terminó orientándolo naturalmente hacia la enseñanza. “A mí enseñar me parece una actividad muy integradora, agradable y muy digna”, afirma. Para Páez, bailar bien y enseñar bien no son necesariamente la misma cosa. “Hay personas que bailan muy bien y no saben enseñar”, explica, al tiempo que destaca que el mejor docente es aquel capaz de ponerse en el lugar del alumno y adaptar el aprendizaje a sus necesidades. «Si vos crees que porque alguien es muy buen bailarín va a ser un buen docente, es un error ya que no necesariamente eso lo hará un buen profesor», cierra.

Esa mirada también se nutrió de una extensa experiencia internacional. Brasil ocupa un lugar especial en su historia personal y profesional. Allí vivió durante tres años y es donde nació su hija después de una gira realizada durante la crisis argentina de 2001. También menciona a Italia y España como países donde se siente especialmente cómodo por sus raíces familiares y culturales: «estoy como en casa porque, además de tener la ciudadanía italiana, mis raíces son mitad de Italia y mitad de España». Aunque reconoce el gran aprecio que existe por el tango en lugares como Francia, Rusia, Alemania, Austria, Suiza o Bélgica, asegura que la conexión emocional que encuentra en Brasil, Italia, España y Uruguay es difícil de igualar.

Otro de los roles que ha desarrollado es el de jurado del Mundial de Tango BA, una responsabilidad que describe como uno de los mayores reconocimientos a su trayectoria. “La experiencia de ser jurado es una gran responsabilidad y un premio por los años dedicados y la seriedad con la que uno hace todo”, señala. Según explica, evaluar parejas en instancias avanzadas requiere un nivel de observación extremadamente detallado, ya que las diferencias suelen encontrarse en aspectos mínimos que sólo pueden detectarse con experiencia y criterio.

Cuando se le pide definirse, sorprende con una respuesta que sintetiza buena parte de su filosofía. Aunque ha desarrollado facetas como bailarín, profesor, coreógrafo, comunicador y jurado, asegura que ninguna de ellas lo representa completamente. “Diría que me siento más milonguero que todo”, afirma. Para Páez, el espíritu del tango sigue estando en el encuentro social y en la posibilidad de relacionarse con otros a través del abrazo. Por eso considera que sus distintas actividades nacen de una identidad previa: la del milonguero que disfruta bailar por placer, compartir experiencias y construir comunidad alrededor de la danza. «Si uno lo ve desde una perspectiva profesional para ganar dinero considero que se aparta de lo esencial, entonces soy un milonguero que puede oficiar de cualquiera de los roles en los que me desenvuelvo», sintetiza.

Esa necesidad de comunicación también dio origen a «El Tango Hoy», el ciclo de entrevistas que impulsó durante la pandemia. Imposibilitado de juntarse con la gente en las pistas de baile, Lucas encontró en el diálogo con artistas una nueva forma de sostener el vínculo con la comunidad tanguera. No se trata de una casualidad: además de bailarín, es abogado y comunicador social. “La comunicación social para mí es una de las patas fundamentales del tango”, sostiene.

Mirando hacia adelante, Páez continúa enfocado en el desarrollo de un método de enseñanza propio basado en tres pilares técnicos: movimiento, ritmo y coordinación. También planea seguir viajando, difundiendo contenidos a través de redes sociales y generando espacios de aprendizaje para nuevos bailarines. Pero, más allá de proyectos específicos, su objetivo parece mantenerse inalterable: contribuir a que el tango siga siendo un lugar de encuentro. Un espacio donde la técnica tenga importancia, pero donde el abrazo, la comunicación y la dimensión social del género continúen ocupando el centro de la escena. Su cierre de entrevista resume todo a la perfección: “Mi objetivo es seguir ayudando a la gente que quiera aprender a bailar tango y colaborar para que el espacio de tango sea uno de encuentro donde la gente pueda disfrutar y conocer personas sin importar qué tan bien bailen”.

Marcos Carreras, el violinista de 13 años que conquistó China y fue distinguido como Revelación 2025

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El joven músico porteño recibió el Premio Revelación 2025 otorgado por la Asociación de Críticos Musicales de la Argentina. Días atrás había protagonizado otro hito en su carrera al interpretar como solista una obra de Astor Piazzolla junto a la Orquesta Sinfónica de Pekín.

Marcos Carreras en una de sus funciones

Con apenas 13 años, Marcos Carreras continúa sumando reconocimientos y experiencias que lo ubican entre las grandes promesas de la música argentina. El violinista fue distinguido con el Premio Revelación 2025 otorgado por la Asociación de Críticos Musicales de la Argentina, durante una ceremonia realizada el pasado 22 de junio en el Salón San Martín de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

La distinción llegó en un momento especialmente significativo para el joven intérprete, que recientemente regresó de China luego de protagonizar una actuación inédita para un músico latinoamericano de su edad. En Pekín, se presentó como solista junto a la Orquesta Sinfónica de Beijing, dirigida por el maestro Xia Xiaotang, en el marco del 3° Concierto Especial del Día del Niño “La Esperanza del Futuro”.

El concierto tuvo lugar en la histórica Sala de Conciertos de la Ciudad Prohibida, uno de los sitios más emblemáticos de la capital china. Allí, Carreras interpretó “Decarísimo”, la célebre composición instrumental de Astor Piazzolla, frente a un público internacional y acompañado por una de las formaciones sinfónicas más importantes del país asiático.

Dotado de oído absoluto y de una presencia escénica que sorprende tanto a especialistas como a espectadores ocasionales, el violinista ha demostrado una capacidad poco habitual para desenvolverse en escenarios de distinta escala. “Cuanta más gente me mire en un concierto, mejor. No me pone nervioso. Al contrario, me motiva tocar para mucha gente”, aseguró el joven músico, que a los 11 años debutó como solista en el Teatro Colón junto a la Orquesta Aeropuertos Argentina bajo la dirección de Néstor Tedesco.

Becario de la Fundación Corporación América a través del programa Cantera de Talentos, institución que colaboró en la adquisición de su actual instrumento, Carreras combina una intensa actividad artística con una profunda vocación por el aprendizaje. Antes de cada presentación desarrolla un ritual personal que refleja la madurez con la que afronta cada desafío. “Antes de pisar un escenario, pienso cómo cautivar al público”, explicó.

Su agenda reciente da cuenta de una trayectoria tan extensa como inusual para su edad. En los últimos meses participó del ciclo “Conciertos del Mediodía: Jóvenes maravillosos” de la Semana Musical Llao Llao junto a la pianista Tamara Benítez y se presentó en la Universidad Católica Argentina de Paraná. A su vez, formó parte de “La Noche de los Museos” en Radio Nacional Clásica y del concierto homenaje al violinista y pedagogo Rafael Gíntoli en el Salón Dorado del Teatro Colón, donde actualmente estudia bajo su guía. A ello se suman actuaciones en espacios como la Usina del Arte, el Teatro 25 de Mayo, el Palacio Libertad y el Centro Cultural San Martín.

Como solista, ha compartido escenario con la Orquesta Aeropuertos Argentina, la Orquesta Sinfónica Municipal de San Martín, la Orquesta Sinfónica Municipal de Avellaneda, la Orquesta del Tango de Buenos Aires y la propia Orquesta Sinfónica de Beijing. También participó del Octavo Festival Konex de Música Clásica y de la entrega de los Premios Radio Nacional Clásica 2023.

Su desarrollo artístico ha sido acompañado por diversos reconocimientos. El Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires lo nombró “Artista de Alta Dedicación”, mientras que a comienzos de mayo obtuvo en Alemania el Premio al Sonido Thomastik tras alcanzar la final del International Anton Rubinstein Violin Competition.

Hijo de violinistas, Marcos comenzó a relacionarse con el instrumento desde muy pequeño. Según cuenta, aprendió a tocar antes de leer y encontró en el violín un compañero inseparable desde la infancia. Sus primeros pasos musicales tuvieron lugar en el Centro Suzuki de Buenos Aires, bajo la enseñanza de Eduardo Ludueña. Más adelante complementó su formación con clases magistrales dictadas por destacados violinistas internacionales como Rolando Prusak, Pablo Saraví, John Mc Grosso, Misha Nodelman, Pierre Amoyal y Maxim Vengerov.

Al mismo tiempo, mantiene su formación académica en la Escuela Juan Pedro Esnaola, donde cursa el primer año del nivel secundario con un esquema especialmente adaptado para compatibilizar sus estudios con los compromisos artísticos y las giras nacionales e internacionales.

Lejos de los escenarios, Carreras conserva hábitos propios de cualquier adolescente. Comparte tiempo con amigos, es hincha de Ferrocarril Oeste y se define como “refutbolero”. También asegura que disfruta mantener el orden en su habitación, aunque reconoce que su método puede resultar particular. “Considero que dentro del desorden hay un orden, siempre. Puedo tener todo desparramado, pero sé dónde está cada cosa”, afirma.

Mientras suma experiencias en escenarios de todo el mundo, el joven violinista mantiene intacta la ilusión que lo impulsa desde sus primeros pasos. “Mi sueño es hacer una gira internacional y tocar en los lugares más importantes del mundo”, sostiene. Un objetivo ambicioso, aunque cada nuevo paso de su carrera parece confirmar que el camino ya está en marcha.

91 años sin Carlos Gardel: las teorías detrás de la tragedia de Medellín

El 24 de junio de 1935, Carlos Gardel murió en un accidente aéreo en Medellín junto a parte de su comitiva y otros pasajeros. A 91 años de la tragedia, la colisión entre dos aviones sigue generando interrogantes y alimentando teorías sobre un episodio que marcó para siempre la historia del tango.

Accidente aéreo que provocó la muerte de Carlos Gardel

Hay fechas que quedaron grabadas para siempre en la memoria cultural argentina. El 24 de junio de 1935 es una de ellas. Aquella tarde, en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín, Colombia, un accidente aéreo acabó con la vida de Carlos Gardel, la voz más influyente que tuvo el tango en toda su historia. Junto al cantor murieron, entre otros, su principal colaborador artístico, compositor y guionista Alfredo Le Pera, el guitarrista Guillermo Barbieri y otros integrantes de la comitiva. Los guitarristas Ángel Domingo Riverol y José María Aguilar Porrás sobrevivieron al impacto inicial; el primero falleció dos días más tarde a causa de las heridas, mientras que Aguilar logró salvar su vida de milagro. En total murieron 17 personas. La conmoción fue inmediata y trascendió fronteras: el ídolo popular desaparecía en el momento más brillante de su carrera, cuando su figura ya se había convertido en un fenómeno internacional.

Para entonces, Gardel era mucho más que un cantante. Había contribuido decisivamente a transformar el tango en una expresión artística de alcance mundial. Sus grabaciones, películas y giras internacionales habían llevado la música rioplatense a Europa, América Latina y Estados Unidos. Su muerte no sólo privó al género de su principal figura; también dio origen a un mito que continúa vigente 91 años después.

Lo que ocurrió aquella tarde en Medellín parece, en principio, relativamente sencillo de explicar. El Ford Trimotor F-31 de la compañía SACO, en el que viajaba Gardel rumbo a Cali, inició su maniobra de despegue y terminó colisionando con otro avión Ford Trimotor de la empresa SCADTA, denominado “Manizales”. La aeronave se encontraba próxima a la pista luego de haber sido autorizada a aproximarse a la zona de salida, a la espera de que el F-31 completara su despegue. El impacto provocó un incendio devastador que consumió ambos aviones y causó la mayor parte de las víctimas. Ese hecho básico está documentado y no genera discusión entre los investigadores.

Sin embargo, las dudas aparecen cuando se intenta determinar por qué el avión que transportaba a Gardel se desvió de su trayectoria y terminó chocando contra la otra aeronave. A lo largo de las décadas surgieron distintas explicaciones. Durante muchos años, la teoría más difundida sostuvo que una fuerte ráfaga de viento lateral afectó al F-31 durante la carrera de despegue. Diversos estudios e investigaciones concluyeron que el aparato habría perdido estabilidad en una etapa crítica de la maniobra, desviándose hacia la posición donde se encontraba el otro avión. No obstante, esta explicación fue cuestionada en tiempos más recientes por nuevas investigaciones técnicas.

Entre ellas sobresale la desarrollada por el ingeniero mecánico e investigador del CONICET Guillermo Artana, director del Laboratorio de Fluidodinámica de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires. Tras analizar documentación de la investigación colombiana y realizar cálculos aerodinámicos, Artana concluyó que la intensidad del viento registrada aquel día difícilmente habría podido provocar un desvío de la magnitud observada. Según su hipótesis, una falla en uno de los motores durante la maniobra de despegue habría sido una causa mucho más probable. El estudio sostiene además que, frente a esa situación, el piloto habría intentado continuar la maniobra en lugar de abortarla, una decisión que pudo resultar determinante para el desenlace.

Otra teoría menos conocida, pero respaldada por documentación surgida de la investigación oficial colombiana y retomada posteriormente por distintos autores, pone el foco en las señales emitidas desde tierra durante los instantes previos al accidente. Según esta interpretación, el empleado encargado de indicar las maniobras de los aviones, Antonio Arango, habría enfrentado una situación confusa cuando el “Manizales” realizó movimientos inesperados cerca de la pista mientras el F-31 iniciaba su carrera de despegue. Algunos investigadores sostienen que una sucesión de señales contradictorias o mal interpretadas pudo haber contribuido al escenario que desembocó en la colisión. Si bien esta explicación tampoco logró cerrar definitivamente el caso, continúa siendo una de las hipótesis con mayor respaldo documental dentro de las investigaciones históricas sobre la tragedia.

Otra teoría muy citada apunta directamente al piloto Ernesto Samper Mendoza. Según esta línea de investigación, el accidente pudo haberse producido por un error humano durante la maniobra de despegue. Algunos análisis sostienen que el piloto habría realizado una corrección inadecuada o perdido momentáneamente el control direccional de la aeronave. La hipótesis ganó fuerza porque varios testimonios posteriores señalaron que el avión comenzó a desviarse antes del impacto. En paralelo, diversos historiadores recuerdan que por aquellos años existía una fuerte rivalidad comercial entre SACO y SCADTA, las dos compañías involucradas en el accidente. Aunque ese contexto ayuda a comprender el escenario aeronáutico de la época, no existen pruebas que permitan atribuirle un papel determinante en las causas del choque.

Existe además una tercera explicación que combina distintos factores. Para numerosos investigadores, el accidente no habría sido consecuencia de una única causa sino de una suma de circunstancias: condiciones meteorológicas, posibles fallas mecánicas, características técnicas de los aviones de la época, procedimientos operativos limitados y una reacción insuficiente frente a una situación inesperada. Esta visión multifactorial es actualmente una de las más aceptadas en los estudios modernos sobre seguridad aérea, ya que evita atribuir toda la responsabilidad a un único elemento.

Con el paso de los años también aparecieron hipótesis mucho más controvertidas. Una de las más conocidas sugería que se habría producido una discusión o incluso un tiroteo dentro del avión antes de la colisión. La versión surgió a partir de rumores vinculados al hallazgo de un proyectil en el cuerpo de Gardel durante las tareas de identificación. Sin embargo, investigadores y especialistas coinciden en que esa bala correspondía a una vieja herida sufrida por el cantor muchos años antes en Buenos Aires y no guardaba relación alguna con el accidente de Medellín. Por ese motivo, la teoría del enfrentamiento armado es considerada actualmente una especulación sin respaldo documental sólido.

Tampoco existen pruebas que sostengan otras versiones conspirativas que atribuyen el choque a sabotajes, atentados o acciones deliberadas. Aunque esas hipótesis reaparecen periódicamente en publicaciones y debates populares, no cuentan con evidencia verificable que las respalde y son descartadas por la mayor parte de los estudios históricos dedicados al caso.

Lo que sí permanece fuera de discusión es el impacto que aquella tragedia tuvo sobre la cultura popular. La muerte de Gardel paralizó a Buenos Aires, conmocionó a Colombia y generó una ola de homenajes que se extendió por todo el continente. Paradójicamente, el accidente que terminó con su vida también consolidó su leyenda. A 91 años de aquel episodio, el cantante sigue ocupando un lugar único en la memoria colectiva argentina y en la historia del tango. Su voz continúa sonando en las milongas, sus grabaciones siguen siendo referencia para nuevas generaciones de artistas y su figura permanece asociada a una frase que el tiempo parece confirmar año tras año: Carlos Gardel no sólo hizo historia; para millones de personas, cada día canta mejor.

Un bailarín de tango es el nuevo dueño de esquina Carlos Gardel

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Tras varios años sin actividad, el emblemático espacio del Abasto prepara su regreso para 2027 con una nueva propuesta artística y gastronómica de alto nivel. La Esquina Carlos Gardel está lista para iniciar una nueva etapa encabezada por Emir Fares, un joven empresario del mundo del tango.

La esquina Carlos Gardel «Chanta Cuatro»

Considerado uno de los lugares más emblemáticos de la cultura porteña, la sala del Abasto atraviesa un proceso integral de puesta en valor que buscará devolverle el protagonismo que ocupó durante décadas dentro del tango argentino. La reapertura está prevista para la temporada internacional 2027 y contempla una profunda renovación del espacio, un plan culinario de primer nivel y un espectáculo concebido alrededor de la figura y el legado de Carlos Gardel.

Con capacidad para aproximadamente 500 espectadores, la nueva Esquina Carlos Gardel buscará posicionarse entre las principales propuestas de tango de la Argentina y competir en el segmento más alto del mercado turístico internacional. La escala del proyecto la ubicará muy por encima de las tradicionales casas de tango medianas de la ciudad de Buenos Aires, que suelen operar con capacidades cercanas a los 150 pasajeros por función.

La definición llegó después de varios años de incertidumbre. Diversos grupos empresarios manifestaron interés por quedarse con la Esquina Carlos Gardel, uno de los activos más codiciados de la industria del tango. Finalmente, IRSA, propietaria histórica del inmueble, eligió el proyecto encabezado por Emir Fares, empresario de 39 años, para liderar la reapertura y el desarrollo de una nueva etapa del espacio.

La elección fue interpretada por numerosos observadores como una apuesta por el recambio generacional dentro de la actividad. Para muchos, la decisión reflejó también la voluntad de confiar el futuro del proyecto a una figura formada dentro del propio mundo del tango, con una trayectoria construida desde la actividad artística hasta la gestión empresarial. Detrás de la iniciativa se encuentra una inversión de varios millones de dólares destinada a la renovación integral del establecimiento y al desarrollo de una propuesta artística, gastronómica y comercial de gran escala.

Formado dentro del propio mundo del tango, Fares se ha consolidado como una figura reconocida y de influencia dentro del ambiente profesional del tango, además de ser uno de los principales referentes de una nueva generación de jóvenes dirigentes. Su recorrido le permite desenvolverse con naturalidad tanto en el universo artístico como en el empresarial, donde dialoga con bailarines, músicos y coreógrafos con la misma legitimidad con la que se relaciona con empresarios, inversores y operadores turísticos.

De esta manera, Emir Fares toma el control del reputado establecimiento y consolida su presencia dentro del prestigioso círculo de dueños de casas de tango de Buenos Aires. La incorporación del espacio del Abasto representa además un paso decisivo para la expansión del grupo empresario liderado por Fares, que pasa a operar dos de las marcas más reconocidas de la actividad: Bar Sur, en San Telmo, y la Esquina Carlos Gardel, en el Abasto.

Con un plan concebido para el mercado internacional y una fuerte apuesta artística y culinaria, el proyecto buscará devolver a la Esquina Carlos Gardel un lugar de referencia dentro de la industria del tango para tener un futuro próspero y exitoso como el que tuvo durante tanto tiempo en sus años de apogeo.

Arranca “Sí Querés Bailar, Bailá”: Bariloche respira tango

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Desde este viernes y hasta el 21 de junio, la ciudad rionegrina será sede de la segunda edición del Festival y Campeonato Anual “Sí Querés Bailar, Bailá”, un encuentro que reunirá a bailarines, maestros, jurados y milongueros de distintos puntos de Argentina y del exterior.

San Carlos de Bariloche volverá a convertirse desde este viernes 19 de junio en uno de los principales puntos de encuentro para la comunidad tanguera de la Patagonia. Durante tres jornadas consecutivas, la ciudad recibirá a bailarines, docentes, organizadores y aficionados que participarán de una propuesta destinada a fortalecer el desarrollo del tango en la región y consolidar un espacio de intercambio artístico y cultural alrededor de la danza.

El encuentro se desarrollará entre el 19 y el 21 de junio en las instalaciones del Casino Club Bariloche, ubicado en la calle España 560. La iniciativa es impulsada por las organizadoras Patricia Gallo y Natalí Claveriz, quienes presentaron oficialmente el evento días atrás junto a referentes culturales y medios locales. Según la documentación presentada por la organización ante el Concejo Municipal, el campeonato tendrá entrada libre y gratuita para los espectadores, permitiendo que vecinos y turistas puedan asistir a las distintas actividades programadas.

La segunda edición llega luego de una primera experiencia realizada en 2025 en el Gimnasio Municipal Nº 3, que convocó a milongueros, bailarines y público procedente de distintas provincias argentinas, de la Ciudad de Buenos Aires, de diversos puntos de la Patagonia y también de países vecinos como Brasil y Chile. Ese nivel de participación permitió que el encuentro comenzara a posicionarse como un espacio de referencia para el tango patagónico, una meta que sus impulsores buscan profundizar este año. De acuerdo con la documentación presentada ante el Concejo Municipal, uno de los objetivos a mediano plazo es que Bariloche pueda proyectarse como futura sede de una preliminar oficial rumbo al Mundial de Tango.

Entre los invitados anunciados figuran reconocidos referentes de la danza tanguera como Los Totis —Virginia Gómez y Christian Márquez—, considerados entre los máximos exponentes del tango de salón y del estilo tradicional porteño; Josefina Bermúdez con Fabián Peralta, campeón mundial de Tango Salón 2006 y jurado de importantes competencias internacionales; y Vanesa Lamis junto a Alejandro Pereira, pioneros en el desarrollo del tango en Bariloche y actualmente radicados en Italia, donde continúan difundiendo la cultura tanguera argentina. Su presencia aportará jerarquía a un evento que combina formación, competencia y exhibición artística en un mismo espacio.

Más allá del aspecto competitivo, “Sí Querés Bailar, Bailá” también busca fortalecer la actividad cultural durante la temporada baja turística, generando movimiento en la ciudad y promoviendo el encuentro entre artistas, docentes, bailarines aficionados y público general. En ese sentido, la propuesta se presenta como una celebración del tango entendida no sólo como espectáculo, sino también como práctica social, espacio de aprendizaje y punto de encuentro para distintas generaciones de bailarines. Además, contará con más de cuatro millones de pesos en premios.

Con una programación que combinará competencias, clases, exhibiciones y milongas durante tres días consecutivos, Bariloche volverá a abrir sus puertas al abrazo tanguero. La expectativa generada tras el éxito de la edición inaugural y la presencia de figuras reconocidas del género anticipan un fin de semana en el que la ciudad patagónica buscará reafirmar su lugar dentro del mapa nacional del tango y seguir construyendo un evento que, paso a paso, aspira a convertirse en una cita fija para los amantes de la danza y la cultura popular argentina.

Amadeo Mandarino: 30 años sin una de las voces que hizo bailar al tango

Este 12 de junio se cumplen 30 años del fallecimiento de Amadeo Mandarino, cantor de tango de extensa trayectoria que integró algunas de las formaciones más importantes de la música ciudadana y dejó una huella particular gracias a su estilo sobrio, su fraseo porteño y una carrera atravesada por la amistad y el reconocimiento de grandes figuras del género. Su paso por las orquestas de Osvaldo Pugliese, Aníbal Troilo y Manuel Buzón lo convirtió además en una de las voces que acompañaron el auge del tango bailable durante las décadas de 1930, 1940 y 1950.

Nacido en Buenos Aires en mayo de 1913, creció en el barrio del Abasto, una zona profundamente ligada a la historia del tango. La música formaba parte de su entorno familiar: su hermano Luis Esteban también fue cantor y compositor, mientras que Humberto Mandarino desarrolló una destacada trayectoria como bandoneonista. En ese contexto comenzó a forjarse el artista que, con apenas 17 años, debutó profesionalmente en Radio Splendid acompañado por guitarras.

Sus primeros pasos lo llevaron a actuar junto a la orquesta de Vicente Russo y posteriormente a perfeccionarse bajo la tutela del pianista y compositor Eduardo Pereyra. Más tarde integró el Cuarteto Melodía y desarrolló una intensa actividad radial, una plataforma fundamental para los intérpretes de la época. En junio de 1936 se incorporó a la orquesta de Manuel Buzón, una experiencia que contribuiría a consolidar su nombre dentro del ambiente tanguero.

Uno de los momentos más significativos de su carrera llegó en 1939, cuando fue convocado por Osvaldo Pugliese para participar del debut de la orquesta que el maestro presentó en el histórico café El Nacional de la calle Corrientes. Aquella invitación representó un reconocimiento importante para un cantor que ya comenzaba a ganar prestigio entre músicos y empresarios del circuito porteño.

Sin embargo, su paso más recordado se produjo al incorporarse a comienzos de 1940 a la orquesta de Aníbal Troilo. Allí compartió el puesto de cantor con Francisco Fiorentino, una de las voces emblemáticas de la agrupación. Aunque su permanencia se extendió durante casi dos años, las decisiones comerciales de la industria discográfica de la época limitaron su presencia en los estudios de grabación. Aun así, dejó un registro con la orquesta de Troilo que conserva un enorme valor histórico: el tango «Pájaro ciego», registrado el 28 de mayo de 1941 junto a Fiorentino. Con el paso del tiempo, esta interpretación se transformó en un testimonio fundamental para comprender aquella etapa de una de las orquestas más influyentes de la historia del tango.

Tras su salida de la formación de Troilo volvió a trabajar con Manuel Buzón, período en el que dejó grabaciones como «Al verla pasar», «Mano brava», «Jazmín Simón», «Música de organito», «Fueye» y el vals «Miedo». Aquellas interpretaciones acompañaron una etapa de gran popularidad del tango de salón y ayudaron a consolidar una forma de cantar especialmente apreciada por los bailarines por su claridad rítmica y expresiva. Posteriormente integró las agrupaciones de Alberto Soifer, Emilio Balcarce, Emilio Orlando y Cristóbal Herreros, manteniendo una presencia constante en radios, teatros y escenarios de Buenos Aires.

Desde mediados de la década de 1950 se radicó en Mar del Plata, ciudad donde desarrolló buena parte de su actividad artística posterior. Convertido en una figura habitual de la temporada costera, continuó actuando durante décadas y mantuvo vigencia en programas radiales, espectáculos y presentaciones especiales. Durante los meses de invierno también llevó su música a distintos escenarios del sur argentino y a la ciudad de Buenos Aires. Sus últimas apariciones en la capital incluyeron actuaciones en Canal 11 y en el histórico espacio tanguero El Viejo Almacén, de Edmundo Rivero.

Su último trabajo discográfico apareció en 1991 bajo el título A Pichuco y Fiorentino Eternos en mi recuerdo, un homenaje a dos de los artistas más importantes de su trayectoria. Cinco años después, el 12 de junio de 1996, Amadeo Mandarino falleció dejando detrás una carrera marcada por la elegancia interpretativa y el reconocimiento de sus pares.

A tres décadas de su partida, su nombre sigue ocupando un lugar especial en la memoria del tango. Dueño de una voz de barítono afinada y de un estilo alejado de los excesos, Mandarino representa a una generación de intérpretes que ayudó a construir la época dorada de la música ciudadana. Su legado permanece vivo en aquellas grabaciones que aún hoy permiten descubrir la sensibilidad y el carácter de un cantor que hizo de la amistad, la profesionalidad y el tango una forma de vida, y cuya voz continúa sonando en las pistas donde el abrazo milonguero mantiene vigente la tradición tanguera.

Iñaki Urlezaga vuelve a bailar: el regreso inesperado de una figura histórica del ballet argentino en «El aplauso final»

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A ocho años de su despedida de los escenarios como bailarín, Iñaki Urlezaga anunció su regreso al baile con “El aplauso final”, un espectáculo que lo tendrá nuevamente sobre el escenario en una participación excepcional. La noticia sorprendió al mundo de la danza y marca el retorno de una de las figuras más importantes que ha dado el ballet argentino en las últimas décadas.

Iñaki Urlezaga

Cuando en 2018 Iñaki Urlezaga realizó su gira de despedida y puso fin a su carrera como intérprete, parecía cerrarse definitivamente una etapa histórica para la danza argentina. Por eso, el anuncio de su regreso a los escenarios generó una inmediata repercusión entre colegas, alumnos y amantes del ballet. El reconocido artista volverá a bailar en “El aplauso final”, una producción que él mismo define como un acontecimiento especial dentro de su trayectoria y que tendrá algunas de sus funciones principales los días 26 y 27 de septiembre de 2026 en el Teatro Ópera de Buenos Aires. La propuesta también contempla presentaciones en otras ciudades de la región y reunirá a destacados artistas invitados junto a la Orquesta Sinfónica Municipal de Florencio Varela, dirigida por el maestro Darío Domínguez Xodo.

La propuesta combina una primera parte integrada por fragmentos emblemáticos del repertorio clásico universal y por algunas de las producciones más representativas que acompañaron la carrera de Urlezaga, entre ellas Romeo y Julieta, La Traviata y El lago de los cisnes. La segunda mitad estará dedicada a la obra original que da nombre al espectáculo, concebida como una reflexión artística sobre el recorrido de un bailarín, la despedida de los escenarios y el vínculo que se construye a lo largo de los años con maestros, colegas, directores y espectadores. La puesta contará además con la participación de primeros bailarines invitados, entre ellos Julieta Paul y Bautista Parada.

La noticia adquiere una dimensión especial porque Urlezaga había mantenido desde su retiro una actividad principalmente vinculada a la dirección artística, la enseñanza, la producción y la difusión de la danza. Sin embargo, esta propuesta lo llevó a reconsiderar una decisión que parecía definitiva. En una entrevista con Clarín, el artista reconoció que nunca imaginó volver a bailar después de su despedida formal y habló con sinceridad sobre los desafíos que implica regresar a los escenarios a los 50 años. “Voy a hacer movimientos gráciles, pero no me voy a poner la calza”, señaló con humor. También admitió que el paso del tiempo modifica inevitablemente las posibilidades físicas de cualquier bailarín: “Tengo dolores físicos y padezco bailar”, expresó. En la misma entrevista aclaró que el público no encontrará al intérprete de hace dos décadas: “Bailar como me han visto bailar no lo van a ver”. Lejos de buscar una repetición de sus años de máximo virtuosismo técnico, el proyecto propone un encuentro distinto, atravesado por la experiencia y la madurez artística.

Nacido en La Plata el 12 de diciembre de 1975, Iñaki Urlezaga es considerado una de las figuras más destacadas de la historia reciente del ballet argentino. Se formó en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, integró el Ballet Estable del Teatro Colón y desarrolló una destacada carrera internacional a partir de su incorporación al Royal Ballet de Londres en 1995 por invitación de Sir Anthony Dowell. Allí permaneció durante una década interpretando algunos de los principales roles del repertorio clásico. Más adelante también trabajó junto al Het National Ballet de los Países Bajos y se presentó en importantes escenarios de Europa, América y Asia. En el año 2000 fundó Ballet Concierto, compañía con la que impulsó numerosas giras y proyectos de difusión de la danza en todo el país. A lo largo de su trayectoria recibió múltiples reconocimientos nacionales e internacionales, entre ellos Premios Konex y distinciones obtenidas en prestigiosos concursos internacionales.

Más allá de los logros acumulados, el anuncio tiene un fuerte componente simbólico. La historia reciente de la danza argentina cuenta con pocos regresos de esta magnitud después de una despedida formal de los escenarios. En ese sentido, “El aplauso final” no aparece solamente como un nuevo espectáculo, sino también como una oportunidad para volver a ver en escena a un artista que marcó a varias generaciones de bailarines y espectadores.

A veces las despedidas no son definitivas. O, al menos, algunas merecen un regreso inesperado. Ocho años después de haber cerrado una etapa histórica de su carrera, Iñaki Urlezaga volverá a encontrarse con el público desde el lugar que lo convirtió en una referencia internacional: el escenario. Y esa sola noticia ya transforma a “El aplauso final” en uno de los acontecimientos más esperados de la temporada de danza.